Honras
Ya qué. Ya el popular presidente se jugó la carta perversa de vaticinar un fraude en las elecciones que vienen. Ya hay muchos que están convencidos de que “el problema no está en los tachones sino en los algoritmos”. De nada va a servirles que La Silla Vacía pruebe que las casillas de los formularios no se usan para hacer trampas, que ese domingo va a haber más auditorías que siempre, que hace cuatro años pudo solucionarse la extraña diferencia de votos que se dio en el paso del preconteo al escrutinio, que nuestros datos y nuestras decisiones no están en manos de esa empresa que tantos odian sin saber por qué: porque toca. Ya qué. Ya está sembrada la profecía. El presidente, cabeza de un gobierno que ha tratado al Estado como un adversario, es fuente ideal de conspiranoicos y revanchistas.
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Suena a chiste de los viejos: ¿cuál es el colmo de este jefe de este Estado? Que opaco e inescrupuloso, sobrepasado por el poder que acaparan los presidentes, siga renegando de un sistema que le ha permitido ganar siete elecciones. Que igualito a Trump, luego de soñar en voz alta con la dignidad de su gente, tenga tan claro que solo unos pocos van a averiguar qué tan cierto es todo eso que dice todo el tiempo. Tiene algo de trágico. El M-19 partió de una profunda desconfianza –azuzada por el sospechosísimo conteo de las elecciones del 19 de abril de 1970– en la democracia de nuestra clase política. Dos décadas después, fue una fuerza clave en la Asamblea Constituyente. Suena a trauma que su militante más visible, Presidente de la República ni más ni menos, sea hoy tanto fuente como propagandista de ese recelo.
Ay, los políticos insaciables. Por un lado, juzgan por su condición. Por el otro, son maestros en cortinas de humo.
¿Estamos varados en la zozobra? Hay días de estos que se siente uno en la violenta campaña presidencial de 1990, en la toma del Palacio de Justicia, en la sombra del Estatuto de Seguridad, en las elecciones a muerte, llenas de gritos de “fraude”, de los bipartidistas años cuarenta. Hay días que no parece que hubiéramos vuelto a las posguerras o a las preguerras, sino al Antiguo Testamento: al pensamiento mágico que les grita “hágase el sistema de salud” a unos fieles que responden “y el sistema de salud se hizo”, y que lanza acusaciones vengadoras con vocación de condenas ante la galería lapidadora de las redes. ¿Qué tal la sentencia presidencial “la MOE se fundó para descubrir el fraude y no para taparlo”?: es la ley del talión contra una organización seria que se atreve a cuestionar las narrativas del jefe del Estado.
Ay, los políticos insaciables. Por un lado, juzgan por su condición: ¿cómo van a confiar en la democracia aquellas almas que no dan confianza? Por el otro, son maestros en cortinas de humo: el grito presidencial de “fraude” no repara en lo sórdida que sigue pareciendo la campaña de 2022, ni deja recordar que un candidato de la oposición fue asesinado, ni permite saber que la misma MOE –la Misión de Observación Electoral– habla de los riesgos crecientes en las votaciones de 170 municipios, ni nota que la Unión Europea ve las “garantías robustas de transparencia” en nuestras elecciones. ¿Qué se puede hacer, entre tanto ruido y tanto humo, aparte de ir defendiendo lo que se vaya atacando? ¿Qué se hizo cada vez que el popularísimo Uribe Vélez desafió nuestras reglas y enlodó esta misma democracia?
Lo que hicieron las valientes cortes de ese entonces y han estado haciendo tanto el Procurador como el Registrador ante los ataques de estos días: reivindicar, a punta de verdades rotundas, las honras de las instituciones; insistir en la tarea sin gloria de ser el viejo que señala los delirios; hallar, sin rabias y sin hipocondrías, las palabras precisas para poner en evidencia –abracadabra– la peligrosa estrategia de agravar las desconfianzas.
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