menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

En el ‘Juego de Tronos’ se gobierna con dragones

4 0
previous day

En el Juego de Tronos se gobierna con dragones. Game of Thrones, la serie basada en las novelas de George R. R. Martin, retrata la lucha por el poder en un mundo que refleja el nuestro. Política, ambición y moral se entrelazan de forma constante. Entre sus protagonistas está Daenerys Targaryen, la Madre de Dragones, una líder que inicia como liberadora de oprimidos. Cree que su destino es construir un mundo más justo. Su historia también es una advertencia.

(Le puede interesar: La traición de Roma).

El poder, cuando deja de escuchar, se transforma en destrucción. La duda se convierte en traición. Y quienes antes conspiraron, hoy se lamentan de aquello en lo que también participaron.

Hay líderes que llegan prometiendo redención. Hablan de justicia. De dignidad. Se presentan como la voz de los olvidados. Construyen una narrativa poderosa: la historia de un país que será corregido.

En la Colombia de hoy, cabe preguntarse: ¿cuántos han sido “quemados” por un trino? ¿Cuántos han sido castigados por multitudes que se asumen inmaculadas? ¿Cuántos han sido arrastrados por ejércitos digitales que destruyen reputaciones y persiguen al que piensa distinto?

Como Daenerys Targaryen, la convicción de estar en lo correcto puede transformarse en peligro. Cuando una sola voz define lo justo, todo lo demás parece merecer silencio. Ahí, el ideal comienza a parecerse a aquello que prometía erradicar.

Hace cuatro años, vimos un proyecto que prometía encarnar los anhelos de un país que necesitaba paz, salud universal, pensiones, transición ambiental y redistribución de la tierra.

Al inicio se hablaba de concertación, gradualidad y técnica. No se trataba de imponer, sino de construir. De sumar, no de dividir. Esa promesa cedió pronto. El diálogo fue desplazado por la confrontación. Los matices, por certezas absolutas. Mientras tanto, en el Cauca se sigue muriendo. No precisamente por la polarización. Se borran voces. No se debate. Se amenaza con ‘decretazos’ que, como dragones, pueden incendiarlo todo.

Poco a poco, el remedio empieza a parecerse a la enfermedad. Y, como en la Boda Roja, las alianzas terminan en traiciones.

Hoy piden continuidad. Algunos, como Lord Varys, la Araña, símbolo del operador político que invoca moderación y susurra equilibrio a los indecisos, respaldan un proyecto que parece advertir que no acudirá a la amenaza de una asamblea, siempre y cuando aceptemos sus reformas.

Lo hacen no por consenso, sino por cálculo. Por la posibilidad de seguir siendo parte del poder. Ahí la idea termina sustituyendo al método. La conveniencia desplaza a la coherencia. En público agitan banderas. En privado revelan lo que realmente son.

Daenerys no cayó por una maldad inicial. Cayó por creer que su causa justificaba cualquier medio: arrasar, incendiar, imponer. A su lado terminan perdiendo también quienes callan con complicidad, convencidos de que el silencio les garantizará la victoria en una próxima batalla.

Los trinos reemplazan al método. Incluso las mejores intenciones necesitan un método para no desviarse. Sin él, la política se convierte en incendio. Sector por sector. Sin contención. Sin corrección.

Mientras tanto, en el gabinete, como en Qarth, mercaderes de la salud y de la energía encuentran cómo lucrarse del poder. La codicia termina siendo tolerada bajo la idea de que ciertas sanguijuelas son necesarias para drenar un poder enfermo. Poco a poco, el remedio empieza a parecerse a la enfermedad. Y, como en la Boda Roja, las alianzas terminan en traiciones, los pactos en puñaladas y el poder en una masacre donde nadie sale realmente intacto.

Colombia no necesita salvadores. Algunos dirán que necesita instituciones. Otros, mano dura. En el Chocó recordarán algo más básico: agua, salud, Estado. Lo evidente es la necesidad de liderazgos que escuchen el país que gobiernan. La paz no se decreta. La equidad no se impone. Cuando el fuego se apaga, no queda un mundo nuevo. Quedan ruinas. Solo es posible reconstruir si las bases permanecen.

La Constitución de 1991 ha sido ese acuerdo común donde cabemos todos. Donde el poder tiene fronteras. Donde los ciudadanos tienen garantías. Romper ese pacto no es avanzar. Es retroceder. El verdadero acuerdo consiste en cumplirla. Sin excepción.


© El Tiempo