Políticos sin política
Las elecciones, ese paso de las Termópilas de la voluntad popular desde los días del Ágora de Atenas hasta la actualidad, normalmente se han regido por un ideal superior: conseguir oír la voz del pueblo. La democracia representa exactamente eso, la voz del pueblo. Es más, si nos vamos a su origen griego podemos notar que la palabra “demos” significa “pueblo” y “kratos” es “poder”… o, dicho de otra manera: el pueblo manda. Pero también es cierto que esas voces y ese poder del pueblo siempre distinguían los ecos de lo que era la partitura y lo que era la voz principal.
Cuando la voz del pueblo topaba con su límite natural, ahí entraba el papel de los líderes: presentar propuestas, programas de gobierno, incluso sueños imposibles de alcanzar y someter de tiempo en tiempo –según lo marcaran los calendarios electorales– el ejercicio del poder a la interpretación y al balance de la voluntad popular.
Entre tantos conflictos y cambios de narrativa diarios, sin darnos cuenta ya han empezado a sonar las campanas de las elecciones. Pero en casi todo el mundo, especialmente en esta Norteamérica a la que pertenecemos, se da una circunstancia que no es nueva, aunque sí profundamente terrible.
Tenemos políticos que van y vienen, que suben y bajan. En algunos casos amenazan, amedrentan, cambian de opinión, un día dan un mensaje apocalíptico y – tan solo 24 horas después – prometen que todo tiene remedio porque, en el fondo, la gente no es tan mala como la pintaron el día anterior. Pero, en medio de todo eso, no hay política: hay políticos.
En México ya han comenzado los ajustes y las guerras dentro del partido dominante para decidir quién ganará, cuánto habrá de pasado, cuánto de presente y cuánto de futuro. Al final, confundimos........
