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Políticos sin política

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27.04.2026

Las elecciones, ese paso de las Termópilas de la voluntad popular desde los días del Ágora de Atenas hasta la actualidad, normalmente se han regido por un ideal superior: conseguir oír la voz del pueblo. La democracia representa exactamente eso, la voz del pueblo. Es más, si nos vamos a su origen griego podemos notar que la palabra “demos” significa “pueblo” y “kratos” es “poder”… o, dicho de otra manera: el pueblo manda. Pero también es cierto que esas voces y ese poder del pueblo siempre distinguían los ecos de lo que era la partitura y lo que era la voz principal.

Cuando la voz del pueblo topaba con su límite natural, ahí entraba el papel de los líderes: presentar propuestas, programas de gobierno, incluso sueños imposibles de alcanzar y someter de tiempo en tiempo –según lo marcaran los calendarios electorales– el ejercicio del poder a la interpretación y al balance de la voluntad popular.

Entre tantos conflictos y cambios de narrativa diarios, sin darnos cuenta ya han empezado a sonar las campanas de las elecciones. Pero en casi todo el mundo, especialmente en esta Norteamérica a la que pertenecemos, se da una circunstancia que no es nueva, aunque sí profundamente terrible.

Tenemos políticos que van y vienen, que suben y bajan. En algunos casos amenazan, amedrentan, cambian de opinión, un día dan un mensaje apocalíptico y – tan solo 24 horas después – prometen que todo tiene remedio porque, en el fondo, la gente no es tan mala como la pintaron el día anterior. Pero, en medio de todo eso, no hay política: hay políticos.

En México ya han comenzado los ajustes y las guerras dentro del partido dominante para decidir quién ganará, cuánto habrá de pasado, cuánto de presente y cuánto de futuro. Al final, confundimos........

© El Financiero