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Lo importante es quien cuente los votos: Stalin

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13.07.2026

Todos los emperadores romanos, ninguno quizá con la inteligencia política de Augusto, entendieron en algún momento de su gobierno la utilidad del pan y circo. Augusto, primer emperador de Roma, gobernó desde el año 27 antes de Cristo hasta el año 14 después de Cristo. Fue el heredero político de Julio César, aunque no su sucesor directo como emperador, porque el imperio nacería formalmente con él después del asesinato de su padre adoptivo y maestro político. Desde entonces, la historia del poder quedó marcada por una evidencia incómoda: los pueblos no solo se gobiernan con leyes, ejércitos o instituciones. También se gobiernan con alimento, espectáculo, promesas y satisfacción.

Condenar a un emperador por divertir a su pueblo es inútil. En el ejercicio del poder, que el pueblo esté contento es algo fundamental. Por eso no se puede criticar a los políticos únicamente porque sean mentirosos, porque no tengan principios, porque hayan destruido la separación de poderes o porque, en este momento, lo único que les importe sea el ejercicio puro y duro del poder. Todo eso ha existido siempre. Lo verdaderamente grave es que, para seguir vestidos de demócratas, lo último que nos queda es el censo.

Estados Unidos es una de las primeras democracias afectadas por el intento de Donald Trump de rediseñar las circunscripciones electorales para que el Partido Republicano pueda aprovechar los cambios demográficos e incrementar su base de votantes en estados como Texas, Florida y otros donde mantiene el control político.

De norte a sur y de este a oeste, las democracias viven hoy una creciente disputa por el control de quien cuenta los votos, tal como advertía Joseph Stalin.

Contrario a lo que piensa Trump y a lo que quisieran muchos sectores de Estados Unidos, un país construido al final del día por el melting pot y por la inmigración a lo largo de su historia, los países desarrollados necesitan hoy la colaboración, la llegada y la racionalización de los emigrantes. Otra cosa es cómo se ordena esa llegada. Otra cosa es bajo qué reglas se produce. Otra cosa es con qué derechos, obligaciones, tiempos y consecuencias políticas se incorpora a quienes llegan.

Otra cosa, también, es que los emigrantes vayan a trabajar en oficios que los nacionales ya no quieren hacer. Otra cosa es que la fuerza de trabajo, tanto en el sector servicios como en lo poco que queda industrialmente fuera del eje formado por Estados Unidos, China y las potencias más fuertes de la tecnología y de la economía mundial, dependa cada vez más de esa mano de obra. Para vivir con confortabilidad en las sociedades desarrolladas, muchas veces es necesario que alguien haga el trabajo que los demás no quieren hacer.

Si ya no tenemos origen común; si la revolución tecnológica nos ha cortado de raíz, salvo en los primeros recuerdos que cada uno conserva de manera privada en el subconsciente, el espíritu colectivo de pertenencia; si lo único que de verdad nos une son las críticas, el amor o el odio en esta era de turbulencia política, ¿por qué tendríamos que considerar que el uso de los censos se haría sobre la base de lo que ya no existe?

En España, como........

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