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La trampa del reordenamiento regional y el dilema entre Washington, Ucrania y China

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16.07.2026

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Este artículo complementa el análisis publicado bajo el título “Colombia ante el nuevo orden global: desafíos y prioridades de política exterior” (IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, julio de 2026), que examinó las fracturas del orden internacional, el posicionamiento ante Ucrania, la relación con Estados Unidos, China y el Asia-Pacífico, y el estado de la arquitectura de inteligencia. El presente texto profundiza en la dimensión latinoamericana de ese desafío estratégico.

La victoria de Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta del 21 de junio de 2026 no fue solo un cambio de gobierno: fue la inserción de Colombia en un reordenamiento regional cuya lógica interna es más compleja y más peligrosa de lo que la lectura inmediata sugiere. En el lapso de tres años, América Latina transitó del eje Petro-Lula-AMLO-Boric —que en su momento más influyente controlaba la agenda regional— a un arco de gobiernos conservadores que incluye hoy a Argentina con Milei, Chile con Kast, Ecuador con Noboa, Paraguay con Peña y Perú con Fujimori. Colombia con De la Espriella completa ese mapa. Brasil y México son las excepciones, y ambos lo saben.

Pero ese reordenamiento no ocurre en un vacío geopolítico: ocurre en el mundo más turbulento desde la posguerra, con la guerra en Ucrania de nuevo en el centro de la agenda global de seguridad y alianzas, con China consolidada como segunda potencia mundial y presente en el hemisferio de formas que van desde la infraestructura portuaria hasta la cooperación militar, y con la Doctrina Donroe de Trump —la renovación del intervencionismo hemisférico bajo el imperativo de que “no necesito el derecho internacional”—redefiniendo las reglas del juego en el continente. Leer el reordenamiento latinoamericano sin ese telón de fondo es leerlo mal.

La ambigüedad estratégica del gobierno Petro ante ese mundo —que no fue incoherencia sin brújula sino una política con dirección geopolítica identificable, sistemáticamente favorable a las posiciones de Moscú en sus efectos prácticos— dejó a Colombia con cuatro años de credibilidad internacional deteriorada, una arquitectura de inteligencia comprometida, el Grupo Egmont perdido y la relación con Washington en su punto más bajo desde la crisis de las pirámides. Ese es el punto de partida real del nuevo gobierno, no el entusiasmo del giro regional.

El triángulo difícil: Brasil, México y Venezuela

Con la llegada de De la Espriella, Lula pierde su último aliado ideológico en el sur del continente. El presidente brasileño había construido con Petro y Sheinbaum un triángulo de resistencia a la Doctrina Donroe que el resultado colombiano desarticuló. Para el nuevo gobierno, esto plantea una ecuación de difícil manejo: si acompaña la presión de Washington sobre Lula en las elecciones brasileñas de octubre de 2026 —Trump apoya explícitamente a Flavio Bolsonaro—, deteriora su relación con la mayor economía de América del Sur, socio comercial de primer orden y país que comparte con Colombia la Amazonia, la biodiversidad y el problema del crimen organizado transnacional. Si se distancia de esa presión, pierde puntos con Washington en el momento en que más necesita reconstruir la confianza destruida por el gobierno anterior.

La posición de Brasil ante Ucrania añade una capa de complejidad adicional. Lula practicó durante su mandato exactamente la misma ambigüedad que Petro: propuestas de mediación que Occidente percibió como favorables a Moscú, negativa a condenar explícitamente la invasión, mantenimiento de relaciones con Rusia en el marco del BRICS. Si Colombia adopta la posición que su propio interés estratégico exige —la condena a la agresión rusa como principio irrenunciable del derecho internacional, la misma posición que el gobierno Duque sostuvo en la OEA y la ONU en marzo de 2022 y que Boric mantuvo aún siendo presidente de izquierda—, la diferencia con Brasilia no es solo ideológica sino doctrinaria. Esa posición no puede modularse en función de la relación bilateral: la credibilidad internacional de Colombia depende precisamente de no hacerlo.

De la Espriella respondió al mensaje de felicitación de Lula planteando una relación basada en “trabajo conjunto, respetuoso y soberano”, afirmando que su compromiso “no es de ideologías sino de extrema coherencia”. La fórmula es correcta. Pero el contexto la pone a prueba desde el primer día. La relación con México de Claudia Sheinbaum ofrece un modelo más útil que el de la confrontación o la condescendencia: Sheinbaum practicó ante Trump exactamente el pragmatismo diferenciado que Colombia necesita aprender —cooperación fronteriza activa, extradiciones históricas de narcotraficantes, sin aceptar soldados estadounidenses en su territorio—. Ante la victoria colombiana, la presidenta mexicana expresó su deseo de buenas relaciones, señalando que “más allá de estar de acuerdo o no en ciertos temas, buscamos siempre una buena relación con todos los gobiernos”. Es un lenguaje de Estado, no de militancia. Colombia haría bien en responder en el mismo registro.

Venezuela completa el triángulo y es, de los tres, el vértice más urgente. La captura de Maduro el 3 de enero de 2026 por fuerzas militares estadounidenses —primera operación de ese tipo desde la invasión de Panamá en 1989— y el reconocimiento posterior por parte de Trump del gobierno de Delcy Rodríguez como interlocutor válido configuran una situación inédita: Washington captura al hombre que gobernó Venezuela durante una década, luego negocia con su heredera, y Colombia queda en medio de esa ecuación sin posición propia definida. El ELN opera desde territorio venezolano con santuarios en Apure y Táchira que el régimen de Caracas tolera o facilita activamente. Los grupos disidentes de las FARC tienen presencia documentada en la frontera venezolana. Y la red de inteligencia rusa que la Operación Enigma de 2020 reveló activa en Colombia usa a Venezuela como nodo de tránsito. Para De la Espriella, la relación con Caracas no es una opción de política exterior: es una variable de seguridad interna que no puede gestionarse ni con la complicidad que practicó Petro ni con la confrontación........

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