Cuatro semanas y la niebla de la guerra
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Han transcurrido ya cuatro semanas desde el inicio de los ataques de Estados Unidos contra Irán. En un comienzo, el gobierno de Donald Trump aseguró que la operación tendría justamente esa duración, como si las guerras obedecieran a cronogramas administrativos y no a dinámicas caóticas imposibles de clausurar por decreto. La afirmación ignoraba, o pretendía ignorar, un principio elemental del conflicto armado, la niebla de la guerra. Resulta difícil creer que un concepto tan básico para la estrategia militar haya estado ausente del círculo decisorio en Washington.
No estoy convencido de que haya existido un cálculo estratégico plenamente racional detrás de la decisión de abrir un frente directo contra Irán. Lo sugiero porque la conducta estadounidense no parece orientada ni a maximizar su seguridad ni a reafirmar una posición dominante coherente en el sistema internacional. Por el contrario, la guerra en Irán comienza a asemejarse más al inicio de un epitafio que a una demostración de poder, porque el mundo no es hoy más seguro, aun si las capacidades nucleares iraníes se han visto degradadas o si parte de su élite autocrática ha sido eliminada.
Entonces, las guerras contemporáneas muestran una paradoja recurrente, las grandes potencias pierden la contención estratégica justo cuando más necesitan preservarla. En la espesura de la guerra suele imponerse la aritmética insurgente y terrorista, se eliminan algunos actores y el resultado no es la disolución de la amenaza, sino su propia proliferación. Allí radica una inquietud mayor y es la noción de pragmatismo que hoy guía las discusiones sobre seguridad y política exterior, parece reducida a una lógica de acción........
