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Un fetiche en la 'guerra cultural'

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18.02.2026

Hay debates que permanecen congelados hasta que alguien necesita una excusa para sacarlos del frigorífico, activando emociones primarias. Nosotros y ellos, ya se sabe. El ... burka es uno de esos artefactos incendiarios destinados a ahondar en las grietas de la sociedad en la que vivimos. En España quien lo reactiva es Vox, que hace de la confrontación identitaria una recurrente bandera de choque, sobre todo contra la izquierda y su supuesta laxitud frente a la amenaza islamista. Ayer lo hizo con el apoyo del PP y el rechazo de la mayoría del Congreso.

El burka no es una prenda neutra ni una extravagancia étnica. Simboliza, en general, una concepción desigual de la mujer. Aparentar que la sumisión patriarcal es una expresión cultural equiparable a cualquier otra es un ejercicio de relativismo imposible. Ahora bien, que sea discutible no convierte su prohibición en algo eficaz para la mayoría social. Entre la complacencia y el prohibicionismo hay un terreno para la discusión seria y sin complejos. El resultado de ayer abrió el camino. Muchos que aborrecen el burka no han querido limitar su uso de la mano de la extrema derecha ni tampoco alentar su marco de 'guerra cultural'. Retratarse con Vox escuece. Pero la reflexión sobre el burka y las contradicciones que suscita están sobre la mesa y ha venido para quedarse.

La experiencia europea nos ofrece una lección incompleta: las prohibiciones generales del velo integral han tenido un impacto residual en términos de integración social. Se legisla sobre un fenómeno por ahora marginal que se eleva a amenaza a la civilización. Se gana visibilidad, no resultados prácticos.

Estamos en un bucle de fetiches. Es verdad que prohibir transmite un gesto de firmeza. Pero gobernar no es solo enviar mensajes, sino desactivar problemas. Muchas mujeres que llevan burka no lo hacen desde una autonomía plena, sino bajo presión familiar o comunitaria. Si se les prohíbe salir cubiertas, algunas optarán por no salir. Prohibir es sencillo. Transformar realidades exige más paciencia. Y más humildad. La política que se reduce a la gesticulación corre el riesgo de deslizarse hacia el teatro puro, aunque reciba aplausos y abucheos fáciles desde el patio de butacas.

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