Chiquitos demuestra lo que Bolivia puede ser
El XV Festival de Música Renacentista y Barroca Americana Misiones de Chiquitos vuelve a demostrar que Bolivia es capaz de producir eventos culturales de talla internacional. Con 59 grupos de 18 países y más de 130 conciertos programados hasta el 26 de abril, el país se convierte, por estos días, en un punto de encuentro global de la música antigua. No es un logro menor. Es, probablemente, el evento más relevante de su tipo en Bolivia y uno de los más destacados de América Latina.
Pero este festival es mucho más que una agenda de conciertos. Es la puesta en valor de un patrimonio cultural único. La música que se interpreta —renacentista y barroca— no solo proviene de Europa, sino también de las valiosas partituras rescatadas de los archivos de las misiones jesuíticas, fruto del trabajo paciente de investigadores y promotores culturales. Que estas obras vuelvan a sonar en los templos donde alguna vez fueron interpretadas, muchos de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es una experiencia que combina historia, identidad y proyección internacional.
Detrás de este esfuerzo está la Asociación Pro Arte y Cultura (APAC), que lleva tres décadas organizando estos festivales con una persistencia admirable. Convocar a músicos de América Latina, Estados Unidos, Europa y Asia, coordinar decenas de escenarios y sostener una logística de esta magnitud no es tarea sencilla. Menos aún en un contexto donde el apoyo institucional no siempre está a la altura del desafío.
Porque aquí aparece la otra cara del problema. A pesar del prestigio alcanzado, estos festivales siguen enfrentando dificultades que no deberían existir. Recursos públicos comprometidos que no se desembolsan a tiempo, gestiones burocráticas que desgastan a los organizadores y una ausencia de política sostenida que impide dar el salto hacia una consolidación definitiva. El festival ha crecido gracias al esfuerzo de sus impulsores y de las comunidades que lo acogen, no por una estrategia estatal clara.
Y, sin embargo, el potencial es evidente. Eventos de esta naturaleza no solo enriquecen la vida cultural; también dinamizan economías locales, activan el turismo y proyectan una imagen país distinta. En las misiones jesuíticas, en los municipios cruceños y ahora también en Tarija, cada concierto genera movimiento económico, empleo y visibilidad internacional. Cultura y desarrollo no son conceptos separados; en este caso, son parte de una misma ecuación.
El problema es que Bolivia aún no logra articular esa ecuación de manera estratégica. Se promueve el turismo interno con feriados largos, pero no se resuelven problemas estructurales como la conectividad, la infraestructura o la imagen de un país asociado a bloqueos y conflictos. Se celebra el éxito de estos festivales, pero no se los integra a una política de promoción internacional sostenida.
En este punto, la política de apertura al mundo que impulsa el gobierno de Rodrigo Paz Pereira tiene una oportunidad concreta. Si esa apertura quiere ser algo más que un discurso, debe incorporar al turismo cultural como eje central. Y eso implica decisiones: financiamiento previsible, coordinación entre niveles de gobierno, mejora de servicios y una estrategia clara de posicionamiento internacional.
Bolivia no necesita inventar su atractivo cultural. Ya lo tiene, y de sobra. Festivales como el de las Misiones de Chiquitos son prueba de ello. Lo que falta es convertir ese capital en política de Estado. Porque cuando un país tiene un evento de esta magnitud y no lo aprovecha plenamente, el problema no es de talento, sino de visión.
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