Vuelos espaciales
Creado: 19.03.2026 | 06:00
Actualizado: 19.03.2026 | 06:00
Me hallaba no hace mucho de excursión por Cabrera y fui a visitar en su pueblo a un matrimonio amigo. Me encontré con la casa cerrada, no había nadie. Un vecino me dio la respuesta: «Marcharon de viaje a Vietnam». Mi sorpresa al oír tan exótico nombre fue tan grande que hube de parpadear para convencerme de que había oído bien: Vietnam, en efecto, adonde solo puede llegarse tras salvar una distancia de unos 10.000 kms., en un viaje de dimensiones verdaderamente planetarias. O espaciales, porque el adjetivo volvió de pronto a mi recuerdo con la acepción específica que tuvo hace unos sesenta años. Por entonces rusos y norteamericanos competían en la denominada carrera espacial, en el sentido de planetaria, por adueñarse del espacio extraterrestre como medio de imponerse en el terrestre. Y así, se hablaba con naturalidad de viajes espaciales, no importa que ello implique redundancia evidente, pues que, fuera de la metáfora, todo viaje incluye desplazamiento espacial, o no sería viaje.
Repuesto de la sorpresa, me moví hacia una esquina del pueblo, pasé al lado de la iglesita a mi izquierda y llegué a la pequeña explanada donde está el edificio que fue escuela y ahora acoge el museo etnográfico del pueblo, cuyo nombre ya es hora de decir: Encinedo. Esa explanada, que termina asomándose al cauce del río Cabrera allá abajo, recibe convenientemente el nombre de «oteiro». El valle que acuna el río dibuja ante nosotros su amplia ondulación, acotada por altas líneas de montañas a ambos lados. Y allá en la lontananza se alza magnífico el Teleno. Incontables generaciones han vivido en este espacio y visto esa cumbre, más imponente aún cuando nevada, tal vez por ello percibida como barrera infranqueable o quién sabe si, por el contrario, como envite, rampa celeste para los sueños de un vuelo hacia la libertad. Antes por cierto que mis amigos, hubo otros en este mismo pueblo que emprendieron ese vuelo espacial, todos en busca de fortuna en Argentina o Cuba. Solo uno voló expresamente a la libertad, un muchacho de unos veinte años, que hubo de salir pitando, avisado de que la guardia civil estaba a punto de echarle el guante a causa de su relación, por lo demás ocasional y más bien cinegética, con Manuel Girón. Partió un día al amanecer y fue andando hasta Quereño, donde tomó el tren a Vigo para embarcar allí rumbo a Buenos Aires: 10.000 kms. y desde aquí a Comodoro Rivadavia, otros 2.000. Se llamaba Eloy. La vida en su curso inexorable dio paso a otro pueblo, y propició otros viajes menos épicos, más domésticos. Se necesitaba una rampa de lanzamiento, ya no celeste, sino rastrera, en forma de carretera, que por fin apareció allá por los años 60, para rescatar esta parte de Cabrera de la marginalidad secular dictada por la orografía. Por ella circulaba el autobús de la empresa Fernández, un armatoste ruidoso de color gris metalizado, conducido por el gran chófer que fue el bañés Juan Antonio Bayo. De entonces es la anécdota que recuerdo haber oído en Quintanilla de Losada acerca de una mujer del pueblo cuando viajó por vez primera en él. El autobús empleaba cerca de media hora en subir el puerto del Carvajal, un recorrido de unos seis kilómetros en zigzagueo de ocho curvas. Allá arriba el paisaje se abría, liberado del abrazo de las laderas empinadas del Cabrera, de modo que al llegar a Truchas, vio el valle apacible del Eria y no pudo reprimir el suspiro que le salió del alma: «¡Huy, qué grande es el mundo!». Y es que llegar a La Bañeza suponía para ella entonces todo un viaje planetario, comparable al actual de mis buenos amigos a Vietnam. Paradójicamente también era posible entonces ese vuelo espacial en dirección inversa. Lo fue para una muchacha de León hacia finales de los años 50. Tenía veinte años, había terminado los estudios de magisterio y el primer destino le fue asignado en la escuela de Odollo. Y allá que se fue, acompañada de su padre. El autobús de entonces partía de Astorga hacia las tres de la tarde y terminaba su recorrido al atardecer en Truchas, donde hubieron de pasar la noche. Al día siguiente, emprendieron la marcha a Odollo, acompañados y guiados por uno que había venido del pueblo con un caballo para la maestrita. Tras otras cinco o seis horas de caminata completaron un viaje estrictamente espacial, en cuanto a su duración de tantas horas repartidas en dos días. El padre volvió a León, dejando a su hija en aquel rincón apretado de montañas, cuyas cimas con razón imaginó como un cerco de nieve en el invierno. Al final del curso volvió a por ella, que no repitió el siguiente. El padre era militar y movió sus influencias para encontrarle otro destino. Se llamaba María Luisa y sesenta años después pudo ver cumplida su ilusión de volver a aquel rincón remoto de su primera juventud. Como ella misma, también el pueblo era otro, y apenas pudo reconocer la casita donde había vivido, ahora en ruinas. Una emoción muy profunda la invadió frente al escenario donde había estrenado su vocación. De este modo repitió el viaje planetario de la primera vez, solo que ahora, al revés de entonces, fue para internarse en ese otro espacio sideral de los viejos sueños y melancólicas recordaciones, que se difunde insondable más allá de la nieve y la olvidanza.
