Solar
17 de marzo 2026 - 03:03
El invierno que acaba estos días ha sido inusualmente húmedo, con lluvias y cielos nublados en una proporción mucho más alta de lo acostumbrado, de modo que el esplendor de la casi primavera nos coge ahora como desentrenados, observando con gratitud la cohabitación de la luz con los campos reverdecidos en extensas áreas –basta asomarse a los confines de la ciudad– habitualmente dominadas por ocres y amarillos. Todavía son visibles los destrozos de los últimos temporales, pero sin necesidad de consultar el calendario la intensidad del azul nos dice que ya hemos llegado, los nativos de estas tierras solares, a puerto seguro. Los andaluces que residen en Inglaterra o Alemania o los países nórdicos, incluso en buena parte de Francia, cuentan cómo la sucesión de jornadas grises tiene un efecto anímico devastador. Solemos tomarlo a broma, como una exageración más de las que nos atribuyen los forasteros, pero empezamos a entenderlo cuando ocurre aquí algo parecido y es como si las cosas, después de semanas sin ver el sol en su plenitud, se apagaran o perdieran su brillo, las personas se mustiaran y el pequeño mundo en el que nos movemos se transformara en otro más feo e inhóspito. La literatura lo ha descrito muchas veces y es innecesario e incluso arriesgado insistir en ello, pero así sucede y no hace falta abrir los libros para ver cómo la gente parece de un día para otro más contenta, se echa a la calle en masa y vuelve a celebrar la vida como si no hubiera un mañana. Sabemos que la estación es cada vez más corta, y que en sólo unas semanas las temperaturas subirán hasta quemar el aire y asfixiarnos, pero incluso entonces, en las peores olas de calor de los interminables veranos del Sur, tendrán los días plenisolares algo milagroso. El consabido último verso de Machado, don Antonio, más allá de las tristísimas circunstancias que atravesaba el poeta prematuramente envejecido, consciente de que llegaba al final del camino, es no sólo hermoso sino exacto. Es justo eso, el sol de la infancia, lo que vemos cuando la luz se adueña de la esfera sin nada que obstaculice su absoluto dominio, como si los días azules revivieran una impresión grabada a fuego en la retina de los niños del Mediodía. Lo sentíamos muy claramente esta mañana cuando recorríamos en parte el camino que llevaba al colegio, luego cruzaba el río y seguía años después –cuando ya nos dejaban ir andando– por la carretera que conducía a la antigua dehesa. La ciudad es otra, pero el sol, bendito, sigue alumbrando de la misma manera.
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