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Hadas

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24.03.2026

24 de marzo 2026 - 03:07

Paseábamos el otro día por los jardines más antiguos de la ribera, una cápsula del tiempo, protegida como una ínsula, que sigue evocando las edades romántica y modernista, y se nos venía otra vez a la cabeza el nombre de George MacDonald, el gran narrador del mundo de las hadas –sabemos por Barrie que lo feérico no es ajeno a los jardines– y por extensión de los territorios de la pura fantasía. Menos conocido que la mayoría de sus admiradores, entre los que estuvieron su gran amigo Lewis Carroll, Mark Twain o John Ruskin, también el poeta Auden y sobre todo el círculo de Tolkien y Lewis, que lo veneraba como a un maestro, el autor escocés escribió libros para niños y libros para adultos, pero en ambos casos lo hizo convencido de que sólo a través de la imaginación inconsciente era posible trabar contacto con otras realidades. Patrocinado en sus inicios por Lady Byron, MacDonald fue llamado el “franciscano de Aberdeen” por otro de sus devotos, Chesterton, que aludía de este modo a su comunión con todos los seres de la naturaleza, dotados de alma como los humanos. Los mitos de la Antigüedad, junto a las leyendas medievales, las historias populares y las distorsiones del nonsense, nutren el luminoso o terrorífico repertorio de los cuentos de hadas, poblados por criaturas prodigiosas y toda suerte de maravillas, asociadas a una edad visionaria, la infancia, que puede prolongarse de forma indefinida, pues el niño que fuimos nunca muere del todo. En MacDonald confluyen las historias célticas, las inquietudes trascendentales o esotéricas de la tradición escocesa, la nostalgia prerrafaelita y el interés del simbolismo por las realidades paralelas. Se trata de una corriente muy fecunda de la literatura británica que fructificó en autores como Lord Dunsany o Arthur Machen, pero puede relacionarse con otros, como Nerval, que confrontaron del mismo modo los mundos no estancos de la vigilia y el sueño. Los cuentos de MacDonald, en los que hay cuerpos tan ligeros que desafían las leyes de la gravedad y otros que crecen y menguan conforme a las fases de la luna, contienen nobles aspiraciones ideales y sostienen, sin concesiones a la sensiblería, una ética del bien, tan necesaria. En su aparente ingenuidad, la literatura feérica apela a un orden ancestral que nos reconcilia con el latido de la naturaleza, las verdades esenciales y el corazón del mundo. Ahí la tenemos, felizmente, para descansar aunque sea por unas horas de los horrores, nada mágicos sino bien reales, de la vida contemporánea.

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