El espejismo de la derechización
A un año de las próximas elecciones legislativas, la idea de una alternancia conservadora se va imponiendo en el debate político. Sin embargo, los datos sociológicos cuentan una historia mucho menos sensacionalista que la de una España súbitamente arrollada por la derecha.
El relato dominante ya se ha asentado plenamente en el panorama mediático: España se estaría “derechizando”. El ascenso de Vox, la radicalización de la cuestión migratoria y las crecientes dificultades de la izquierda alimentan la idea de un próximo giro conservador. Las series estadísticas largas dibujan un cuadro mucho más matizado.
Desde mediados de los años ochenta, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pide regularmente a los españoles que se sitúen en una escala que va del 1 (izquierda) al 10 (derecha). Una lectura atenta de la serie muestra una notable estabilidad de fondo durante las últimas cuatro décadas. Ello no significa que no se hayan producido movimientos significativos. A finales de los años noventa y comienzos de los 2000 se observa un pronunciado giro hacia la derecha, coincidiendo con el ciclo que culminó en la mayoría absoluta de José María Aznar, que terminó revirtiéndose posteriormente. En conjunto, las variaciones permanecen contenidas dentro de una horquilla relativamente estrecha y los desplazamientos hacia la izquierda o hacia la derecha tienden a neutralizarse con el tiempo, manteniendo la media en torno al centro del eje político.
Ni la crisis económica y la irrupción de Podemos –que podrían haber provocado un vuelco hacia la izquierda como el de Syriza en Grecia– ni el conflicto catalán y el ascenso de Vox –que habrían podido anunciar una derechización de fondo– han alterado ese equilibrio. España sigue inclinada ideológicamente hacia la izquierda: 4,64 en abril de 2026, por debajo del punto medio real de la escala, que es el 5,5 puesto que el rango es de 1 a 10. A diferencia de los porcentajes por bloques, que dependen de dónde se sitúe la frontera entre izquierda y derecha, la media no exige fijar ese umbral, y se mantiene a la izquierda con independencia de dónde se trace esa frontera. La posición de esa media resulta aún más significativa cuando se compara con la de los distintos electorados en abril de 2026: Sumar (2,45), PSOE (3,21) y ERC (3,42) ↔ España (4,64) ↔ PP (6,86) y Vox (7,33). Incluso la media nacional se sitúa por debajo de la observada entre los votantes de Junts (5,15) y del PNV (5,05). Si España se estuviera desplazando mayoritariamente hacia la derecha, cabría esperar una media superior al punto medio de la escala y más próxima a la de los electorados conservadores. Los datos del CIS sugieren más bien lo contrario.
Este primer indicador del CIS plantea, no obstante, una paradoja: si la sociedad no se está derechizando, ¿por qué la derecha da ahora la impresión de encontrarse más cerca del poder que en varios momentos de la última década? Esta intuición no es nueva: Alberto Garzón sostenía a comienzos de 2026 que España no es un país de derechas, sino un país progresista desmovilizado. Ello no implica ignorar el peso de los factores coyunturales. La derrota del PP en 2004, tras la gestión política de los atentados del 11-M, y la del PSOE en 2011, precedida por semanas de negación de la gravedad de la crisis económica, ilustran hasta qué punto una parte del electorado centrista puede reaccionar a determinados acontecimientos y alterar temporalmente los equilibrios entre bloques. Pero el objeto de este artículo son las tendencias estructurales de largo plazo que configuran los equilibrios políticos españoles.
Desde 1982, el campo conservador ha atravesado crisis sucesivas (desaparición de la UCD, marginación del CDS, hundimiento de Ciudadanos), pero los partidos cambian sin que el bloque se mueva. Hoy, Vox funciona en gran medida como un instrumento de rearticulación interna de toda la derecha tras el colapso del centroderecha liberal de Rivera. Esa plasticidad organizativa contrasta con la trayectoria reciente del conjunto de los partidos progresistas.
El PSOE mantiene, desde luego, una base electoral sólida, pero las fuerzas políticas a su alrededor se han desintegrado durante la última década. Podemos logró, tras 2014, canalizar parte del descontento surgido de la crisis financiera y de la austeridad, pero esa recomposición nunca llegó a producir una expansión prolongada del bloque de izquierda. Sobre todo, modificó su equilibrio interno.
Si aplicamos aquí la teoría de juegos, los histogramas sugieren un sistema bastante cercano a un juego de suma cero entre bloques: desde los años ochenta, el peso global de la izquierda y de la derecha cambia relativamente poco, de modo que el avance de un campo suele coincidir con el retroceso del otro. Pero no es un juego de suma cero perfecto tampoco, porque parte de las pérdidas electorales no pasan directamente (o de forma marginal) al adversario, sino a la abstención o a la desmovilización. La clave histórica que muestran los gráficos es la capacidad de cada bloque para mantenerse cohesionado y movilizado; la conversión ideológica masiva pesa mucho menos.
La gráfica muestra por otro lado que el escenario proyectado para 2027 por Sigma Dos, 40dB y GAD3 (histogramas rayados de la derecha) presenta varias similitudes con las elecciones generales de 2011. En ambos casos, el bloque de derecha supera claramente al de izquierda en número de votos, con una diferencia aproximada comprendida entre los 2,5 y los 3,2 millones de votos. Sin embargo, los datos no apuntan a una expansión histórica de la derecha, sino sobre todo a una contracción de la izquierda. El volumen de votos del bloque........
