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“No es el fin del mundo, simplemente no va haber una vuelta a la ‘normalidad’”

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16.03.2026

Emmanuel Rodríguez (Madrid, 1974) es historiador, cooperativista –lo conocerán por frecuentar o utilizar algunos de los cacharros en los que está involucrado, como la editorial y las librerías trademark Traficantes de Sueños– y, claro, autor de ensayos útiles y sumamente particulares, poseedores de una lógica propia, que es lo más que se le puede pedir a un ensayo. Desde la década anterior ha elaborado un gran mapa de un concepto que ha descrito y, casi, esculpido. Se trata de la palabra crisis. Su obra explica la crisis –económica, democrática, del Estado, ecológica…– como realidad y paisaje, como nuevas reglas y situaciones. Su obra, de hecho, supone acceder, progresivamente, a la madurez de un autor, a través de la madurez de sus observaciones sobre el concepto crisis, esa catarata de agua negra que no aparece en los medios salvo en la forma de las noticias aisladas que confirman, sin que nadie lo sepa en su rotundidad, este fin de época denominado crisis. Lo que convierte a Emmanuel Rodríguez en un pensador de fondo, en un maître à penser, esa categoría de intelectual que, en otras culturas, se lo rifan, mientras que por aquí abajo suele ser un ser sospechoso.

Pero aquí hemos venido a hablar de su libro: El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe (Traficantes de Sueños, Madrid, 2025). Se trata de una continuación de su libro anterior (El efecto clase media. Crítica y crisis de la paz social, 2022), un pieza más, a su vez, de una construcción ya de envergadura, que se inicia en el volumen Fin de ciclo (2010, escrito al alimón con Isidro López,  ¿Por qué fracasó la democracia en España. La Transición y el Régimen del 78 (2015), y de La política en el ocaso de la clase media. El ciclo 15M-Podemos (2016). En este libro, la crisis adquiere tridimensionalidad, plasticidad, forma. Emmanuel la describe como si se tratara de un país –o, mejor, de un mundo–, a través de un estilo de gran peso literario, por cierto, lo que siempre mola. La tesis: la catástrofe –política, democrática, económica, ecológica– ya es oficialmente inevitable –en efecto, Emmanuel no es la alegría de la huerta; pero es que la huerta está en crisis, como todo–. Lo que lo cambia todo. La política, así, ya no es la gestión del progreso, sino de la catástrofe, y el reformismo, la socialdemocracia, incluso, por ejemplo, pasa a ser otra cosa. Se trata de un libro descriptivo de un paisaje que nadie ve, por lo que es rico en conceptos con juego de piernas, útiles para visualizar lo que Emmanuel quiere comunicar, como el de “nihilismo dulce”, un nihilismo de baja intensidad, sumamente diferente del de verdad, el del XIX, y que lo cala todo en el Norte Global. O el concepto “insurrecciones grises”, que alude también a conflictos de baja intensidad, o de intensidad puntual, que irán poblando, cada vez más, una realidad que ya es, básicamente, conflicto indialogable, no canalizable a través del sistema. O el concepto “contrasociedad”, la alternativa a la sociedad de la catástrofe, que surge de la deserción, del abandono, de la huida de esa sociedad. El libro, parco en soluciones, rico en la descripción de por qué no las hay, alude a la política como ruido, como Guerra Cultural, que suple el conflicto político con parodias, muy entretenidas, de conflicto. Si en el anterior libro Emmanuel decía que “la nueva clase social tendrá que aprender a querer la crisis”, en este, la frase total podría ser esta otra: “La catástrofe no viene: es el medio en el que vivimos ya”. No se pierdan esta juerga.

La catástrofe es inevitable. ¿Desde cuándo? ¿Desde siempre? –Marx hablaba, en cierta manera, de ello en el XIX–. ¿Desde cuándo, al menos, no es lícito, para ti, hablar de evitarla?

Desde que perdimos la guía del progreso, desde que reconocemos que ya no hay más horizonte de futuro que la incertidumbre. En esto consiste nuestra diferencia con la época de Marx. Hace tiempo que sabemos que el futuro será probablemente peor y radicalmente distinto a nuestro presente. En esto consiste el “fin de nuestro mundo”.

¿Y desde cuándo sabemos eso?

Radicalmente, hace poco, nada. Desde 2008.

La política y el Estado han pasado de administrar el progreso a administrar la catástrofe. ¿Quienes son esos administradores? ¿En qué se diferencian de sus antepasados, los administradores del progreso? ¿Saben que ya administran la catástrofe?

“Pasaron de administrar el progreso a administrar la catástrofe” es una fórmula de los epígonos de los situacionistas ya en la década de 1980. Su intuición resultó premonitoria. Tres décadas antes de la crisis de 2008, que marca seguramente el gran cambio de época, estos críticos, sobre todo en Francia, señalaron que los buenos años del neoliberalismo y de la expansión comercial global eran solo una prórroga de una crisis capitalista que consideraban catastrófica.

Hoy caben pocas dudas de que las élites mundiales, incluso las más estúpidas (como las europeas), son conscientes de que todo lo que antes dábamos por sentado........

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