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La selección argentina y el síndrome de Netanyahu

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03.08.2026

Cómo ganar batallas mientras se destruyen los recursos de la victoria.

1. El extraño camino que conduce de la victoria al aislamiento

Existe una forma convencional de comprender el poder: quien obtiene resultados acumula prestigio; quien vence fortalece su autoridad; y quien cumple sus objetivos amplía su capacidad de conducción. Bajo esta mirada, los triunfos se suman unos a otros como puntos en una tabla. Cada victoria incrementa el poder disponible para la siguiente batalla.

Esta suele ser la lectura lineal. Y suele ser la lectura más empíricamente comprobable. Pero, como en todo, hay detalles que requieren mayor complejidad interpretativa. Y es que en la política, la guerra y el deporte estos mandatos no funcionan siempre de ese modo. Hay actores que, mientras alcanzan sus objetivos inmediatos, van destruyendo las condiciones que les permitían transformar esos éxitos en autoridad duradera. Ganan posiciones, eliminan amenazas, superan adversarios y conquistan metas volantes. Sin embargo, después de cada triunfo disponen de menos aliados, menos intérpretes favorables, menos prestigio universal y menos capacidad para presentar sus acciones como legítimas.

A esta contradicción podemos llamarla síndrome de Netanyahu: la tendencia de un actor a incrementar su eficacia operacional mientras disminuye su defendibilidad política. El actor vence en el escenario donde se cuentan soldados, goles, territorios, eliminaciones o adversarios derrotados, pero pierde en el escenario donde se construyen adhesiones, alianzas y significados compartidos.

Argentina ha vivido desde las últimas semanas del mundial hasta ahora una de los más grandes terremotos en su imagen país. La marca “Argentina”, construida sin necesidad de estado, hecha por sus habitantes que comprenden que el triunfo de un argentino en cualquier disciplina aumenta su salario posible, convierte su proyecto en negocio y permite una valorización individual optimizada.

Sin embargo, esta situación dio un giro durante el mundial. Y he aquí lo interesante. En mis investigaciones sobre cambios culturales, es decir, sobre cambios estructurales en las significaciones de un ‘objeto’, se observa que hay momentos de transvaloración, donde un elemento cambia su significado por presión externa (contexto) y, de ser muy grande, la valoración positiva puede coinvertirse de golpe en negativa. La misma razón que era alimento se transforma toxina.

El tema excede esta columna, pero trataré de resumir al menos una parte del fenómeno. La otra parte la estamos desarrollando para un informe del centro de investigación CISEC-USACH donde analizaremos el caso argentino como un caso relevante para quienes administran las marcas e imagen de los países. Ese informe lo presentaremos la próxima semana.

Volvamos brevemente al síndrome Netanyahu. Tanto en el caso del líder israelí como en el caso argentino puede observarse la posibilidad de obtener éxitos parciales mientras se destruyen los recursos simbólicos. Y esos recursos simbólicos pueden escasear tanto al final que pueden generar la imposibilidad de ganar.

La selección argentina comienza a caminar por esa ruta. No porque haya dejado de ser competitiva, sino precisamente porque su excepcional ciclo de resultados deportivos ha producido la más grave sospecha deportiva: que la cancha no sea el único escenario del triunfo.

Y es que el poder no depende solamente de los recursos que un actor controla directamente. Depende también de las personas e instituciones que están dispuestas a explicarlo, justificarlo y defenderlo ante terceros.

Un actor es defendible cuando alguien que no pertenece a su núcleo incondicional puede apoyarlo sin renunciar a sus propios principios. Un gobierno aliado puede respaldar a otro Estado porque considera que sus acciones son compatibles con el derecho internacional. Un periodista puede valorar a una selección porque reconoce su talento, incluso si no desea que gane. Un futbolista extranjero puede admirar a un rival sin sentirse personalmente agredido por él.

La legitimidad comienza a deteriorarse cuando esas defensas se vuelven demasiado costosas. El aliado ya no puede respaldar al actor sin perjudicar su propia reputación. El simpatizante neutral debe omitir hechos cada vez más visibles. El comentarista favorable tiene que negar evidencias, relativizar agresiones o presentar toda crítica como una conspiración. Finalmente, defender al actor exige abandonar los principios en nombre de los cuales se lo defendía.

En ese punto se cruza el umbral de indefendibilidad.

El actor puede conservar una base interna fervorosa. Incluso puede experimentar una radicalización de esa adhesión. Pero pierde la coalición amplia que transformaba su fuerza particular en autoridad general. Ya no es admirado: es obedecido, tolerado o temido. Ya no conduce: obliga a tomar partido.

Todos pueden emocionarse si un jugador está a punto de convertirse en el mejor de la historia, todos estamos dispuestos a entregarnos a su superioridad, su arte, su magnificencia. Pero eso se rompe si se cree que es posible que ese logro sea convergente con intereses de actores burocráticos, intereses empresariales o incluso asuntos geopolíticos. Para construir al héroe es necesario que el mundo vea en una rebeldía, un fuego y un sacrificio. La fórmula básica podría expresarse así:

Legitimidad acumulada = resultados obtenidos coherencia narrativa capacidad de representar a terceros − costos morales y políticos impuestos a los aliados.

Legitimidad acumulada = resultados obtenidos coherencia narrativa capacidad de representar a terceros − costos morales y políticos impuestos a los aliados.

Los resultados son importantes, pero no bastan. Si cada nuevo éxito aumenta desproporcionadamente el costo de defender al vencedor, la legitimidad total puede disminuir incluso mientras continúa ganando.

2. Netanyahu: la victoria operacional sin traducción política

Benjamin Netanyahu convirtió la seguridad en el centro de su identidad política. Su argumento histórico ha sido que Israel necesita dirigentes capaces de anticipar amenazas, usar la fuerza y resistir las presiones internacionales. Los ataques del 7 de octubre de 2023 destruyeron temporalmente esa promesa: demostraron una falla de inteligencia, prevención y protección precisamente bajo el liderazgo de quien había construido su autoridad sobre esas capacidades.

La respuesta de Netanyahu consistió en intentar reconstruir su legitimidad mediante una sucesión de operaciones militares. Israel golpeó severamente a Hamás, debilitó estructuras de Hezbolá y realizó ataques de gran profundidad contra instalaciones, mandos y capacidades militares iraníes. La ofensiva de doce días contra Irán en 2025 destruyó objetivos nucleares y de misiles y eliminó a importantes comandantes y científicos iraníes. Aquellos resultados permitieron a Netanyahu presentarse nuevamente como el protector capaz de proyectar el poder israelí mucho más allá de sus fronteras.

Sin embargo, la espectacularidad de esas acciones no resolvió la contradicción fundamental. Hamás no desapareció completamente; los objetivos políticos posteriores a la guerra permanecieron confusos; la devastación de Gaza produjo un aislamiento internacional creciente; y el uso prolongado de la fuerza fue debilitando la disposición de los aliados occidentales a defender la conducta del gobierno israelí. Reuters describió posteriormente la dificultad de Netanyahu para transformar la potencia militar desplegada contra Irán en beneficios políticos........

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