Frustración y resentimiento: motores de la locura de la Casa Blanca contra la soberanía petrolera de Venezuela
Hace días vi un TikTok donde Stephen Miller, Subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca y Asesor de Seguridad Nacional del presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, dijo que la nacionalización del petróleo ejecutada en 1976 fue el "mayor robo de la historia estadounidense". De inmediato recordé una mañana de agosto de 1975; yo tenía 12 años y eran vacaciones escolares. Papá conducía un Jeep CJ-5 con "mocha" (doble tracción), subiendo una muy empinada cuesta por una carretera de tierra mientras conversaba con González, uno de los operadores de la estación de televisión. En esa época, las estaciones de radio y televisión todavía requerían operadores de guardia. El tema de conversación era la noticia del día: la discusión en el Congreso Nacional del proyecto de ley para la nacionalización de las industrias petroleras extranjeras que operaban en Venezuela.
Mi papá, con un tono muy jocoso, comentaba la intervención de Luis Beltrán Prieto Figueroa, senador de la República, quien dijo que la nacionalización del petróleo era "chucuta y mal embarazada". Lo de "chucuta" más o menos lo entendí, pues algo chucuto es algo incompleto; pero lo de "mal embarazada" requirió de una explicación que implicó términos como concepción y parto, para luego comparar las expresiones "mal concebido" y "malparido".
El maestro Prieto alegó que la nacionalización era un engaño. Chucuta, porque mantenía convenios para el control de las transnacionales; y mal concebida porque, además de obligar a Venezuela a pagar una indemnización por equipos ya amortizados y obsoletos, mantenía el capital accionario transnacional. Esto último, años después, se elevó en algunas asociaciones mixtas (pues jamás quisieron llamarlas "empresas") al 51% de las acciones, otorgándoles el control administrativo y operativo.
Esa frase quedó allí para la historia y, por su jocosidad, permeó en el país hasta que el presidente Chávez, con la nueva Ley de Hidrocarburos del año 2001, "enmendó lo chucuto" y estableció que el Estado venezolano debe tener siempre el 51% o más de cualquier empresa o asociación, además de fijar una regalía no menor al 30% (en lugar del máximo de 16% establecido en la ley de 1976); a todas luces, una concepción correcta.
En los años 90 cundía el "virus privatizador" y el país estaba agobiado por la deuda externa —"deuda eterna", la llamaban—. Tal era la desesperación por mantener el gasto público con divisas petroleras ("vivir de la renta" o "rentismo"), que........
