Alquimia política
La obra titulada “La Constitución soy yo”, fue escrita por José Mauricio Gaona Bejarano (Bogotá, 1978), asesor de la Fiscalía General de la Nación (2022), exsecretario del presidente del Consejo de Estado, ex contralor Nacional Delegado, abogado del Externado, Oppenheimer Scholar en Norteamérica, con maestrías en derecho constitucional de la Unión Europea de la Sorbona de Paris (Assas) y en derecho internacional de la Universidad de California UCLA, y con doctorado PhD. en derechos humanos con doble residencia en las universidades de McGill y Harvard; Gaona también es profesor, columnista en periódicos y desde 2001 ha ejercido como catedrático en distintas universidades de Estados Unidos.
“La Constitución soy yo”, está escrito en el marco de la unidad discursiva de carácter político-jurídico, cuya fuerza semántica descansa, antes que, en una exposición normativa sistemática, en la condensación provocadora de una fórmula personalista. La interpretación se fundamenta primordialmente en el título y en la arquitectura conceptual verificable del texto adjunto, particularmente en las categorías de “yo”, límite, persona, autoridad, libertad, inteligencia, máscara y reducción. En consecuencia, no se atribuyen datos biográficos, circunstancias concretas ni intenciones psicológicas al autor que no puedan inferirse razonablemente del material disponible.
Interrogante central de la obra responde a la pregunta: ¿de qué modo la expresión “la Constitución soy yo” reconfigura el sentido de la Constitución cuando el sujeto que enuncia se sitúa como centro, medida y fundamento de lo político-jurídico? La tesis interpretativa sostiene que el enunciado puede leerse como una advertencia filosófico-jurídica frente a la absorción de la normatividad constitucional por una subjetividad que se absolutiza; sin embargo, también abre la posibilidad de comprender la Constitución como responsabilidad encarnada en personas concretas, siempre que el “yo” renuncie a erigirse en soberano ilimitado y se reconozca situado frente a los otros, a la comunidad y a los límites constitutivos de la dignidad humana.
Identificación y comprensión inicial
El tema central del escrito se concentra en la relación entre subjetividad, poder y constitucionalidad. La fórmula “La Constitución soy yo” instala una tensión inmediata entre dos universos de significado: por un lado, la Constitución entendida como norma superior, pacto colectivo, límite jurídico e institucionalidad compartida; por otro, el “yo” entendido como instancia individual que reclama identificación con el fundamento constitucional. No se trata, por tanto, de una frase neutral. Su brevedad no reduce su densidad; más bien, condensa un conflicto decisivo: si el orden constitucional pertenece a la comunidad política o si puede ser absorbido por quien habla en primera persona.
El problema explícito es la aparente sustitución de la Constitución por la subjetividad del enunciador. Implícitamente, el texto problematiza la fragilidad de toda institucionalidad cuando el poder deja de reconocerse como función limitada y comienza a presentarse como expresión de una voluntad singular. La frase no dice “defiendo la Constitución”, “interpreto la Constitución” o “actúo conforme a la Constitución”; dice “soy” la Constitución. Ese verbo copulativo introduce una identidad radical, una equivalencia ontológica y simbólica entre persona y norma que exige ser interrogada hermenéuticamente.
La tesis principal, reconstruida desde el sentido interno de la formulación, parece radicar en que la Constitución puede ser apropiada por un sujeto que se percibe a sí mismo como su encarnación exclusiva.
Ahora bien, esta tesis admite una doble lectura. En una primera lectura, la expresión expresa una voluntad de concentración simbólica del poder: la persona se vuelve la fuente, el criterio y la medida de lo constitucional. En una segunda lectura, menos inmediata pero hermenéuticamente posible, el texto puede reclamar que la Constitución no existe solamente como documento abstracto, sino que vive en la conciencia, práctica y responsabilidad de cada sujeto político.
Predomina un discurso político-jurídico de alta intensidad retórica, con resonancias filosóficas y éticas. Es político porque se ocupa de la relación entre el sujeto y el poder; jurídico porque invoca, aun de forma condensada, la autoridad simbólica de la Constitución; filosófico porque interroga la identidad entre “ser” y “norma”; y ético porque obliga a pensar los límites de la apropiación personal de aquello que, por su naturaleza constitucional, debiera remitir a una comunidad de iguales. Su forma aforística no debe confundirse con pobreza conceptual: el texto opera como una frase-límite que concentra un mundo de tensiones.
El propósito comunicativo aparente consiste en producir impacto, adhesión, inquietud o confrontación. La frase no busca describir con serenidad una situación jurídica, sino intervenir en el espacio simbólico del lector. En efecto, el título obliga a detenerse: quien lo recibe debe decidir si entiende el “yo” como voz de responsabilidad, como gesto de liderazgo, como afirmación de identidad política o como signo de apropiación autoritaria. El texto se presenta, así, como una provocación interpretativa cuyo efecto depende de la disposición crítica del lector.
Desde una comprensión inicial, el escrito despliega una concepción intensamente personalista del orden constitucional. La Constitución deja de aparecer, al menos en la superficie del enunciado, como un texto externo, público y vinculante, para convertirse en atributo de una primera persona.
Sin embargo, precisamente porque el enunciado no desarrolla sus premisas ni explica sus alcances, la interpretación no puede clausurarse en una condena apresurada. El sentido surge de la tensión entre el carácter público de “la Constitución” y el carácter singular, situado y potencialmente expansivo del “yo”.
El horizonte de sentido del escrito parece configurarse en torno a una preocupación por la crisis de la mediación institucional. Decir “La Constitución soy yo” significa, en términos hermenéuticos, desplazar la centralidad desde la norma hacia el sujeto que la pronuncia. Ese desplazamiento revela una posible experiencia histórica en la cual los textos constitucionales, las instituciones y los principios generales dejan de ser percibidos como realidades autónomas y pasan a depender de una voz que reclama representarlos, interpretarlos o encarnarlos de manera privilegiada.
La historicidad del enunciado se advierte en la carga semántica de “Constitución”. Una Constitución no es, en su........
