El candor inteligente
Hubo un tiempo en que la inteligencia bastaba.
En las historias de Arthur Conan Doyle, el mundo podía ser confuso, incluso oscuro, pero no era irreductible. Había un orden posible, y la razón —ejercida con rigor— terminaba por revelarlo.
El lector aceptaba un pacto silencioso:dejar en suspenso, por un momento, la desconfianza adulta.Entrar en un territorio donde el bien y el mal, aunque disfrazados, podían distinguirse.Y donde el enigma, por complejo que fuera, tenía solución.
No era ingenuidad.Era un candor inteligente.
Hoy ese pacto parece más difícil.La experiencia nos ha enseñado que el mundo no siempre se deja ordenar, que la verdad puede fragmentarse, que la claridad no está garantizada.
Y, sin embargo, seguimos buscando —en la literatura o en la vida— ese instante en que todo encaja.
Tal vez no porque creamos plenamente en él,sino porque lo necesitamos.
En tiempos como los actuales, donde la confusión no es solo literaria sino también pública, ese viejo candor —aunque sepamos que es parcial— no deja de tener valor.
No como ilusión,sino como aspiración.
Porque incluso en la incertidumbre,persiste la convicción de que la inteligencia —si se ejerce sin complacencia— todavía puede iluminar, aunque sea por momentos, el desorden del mundo.
