El vino, la poesía y un jardín
Le debo a cierta Historia filosófica de los jardines, escrita por Santiago Beruete, la siguiente observación. En las sociedades totalitarias esbozadas en las distopías que abundan en nuestra era, el poder desdeña y desconfía, por alguna extraña razón, de los árboles, de las plantas, de los bosques, de las flores y de toda la espontánea y exuberante naturaleza que habita más allá, afuera de sus perímetros físicos y espirituales, lejos de su razón utilitaria, gris y dominadora.
Curiosamente, en las ciudades imaginadas por Zamiátin —considerado el autor de la primera gran novela distópica de la modernidad— y en la Oceanía de Orwell, apenas quedan jardines o parques. En Nosotros, la naturaleza sobrevive al otro lado del Muro Verde, confinada fuera de la ciudad transparente y racional. En 1984, por su parte, los pocos paisajes naturales que aún aparecen (un prado, un árbol, un rincón del campo) irrumpen como fugaces vestigios de un mundo anterior al Partido, breves promesas de intimidad y de libertad que el poder jamás consigue domesticar del todo, pero que están plagados de micrófonos secretos para espiar a las personas.
En Un mundo feliz, de Huxley, aunque la naturaleza no desaparece del todo, es vaciada de significado. Los niños son condicionados para no amar el campo ni las flores, pues un paseo entre árboles no produce consumo ni fortalece la maquinaria económica. Y en Fahrenheit 451, de Bradbury, el bosque deja de ser un espacio cotidiano para convertirse en el último refugio de quienes aún conservan la memoria, la palabra, la libertad. En todas estas obras el jardín deja de representar la vida buena para convertirse, con su ausencia, en un........
