El termómetro invisible: ¿por qué no podemos medir el dolor?
Es curioso: cuando alguien nos expresa que siente dolor, para quienes lo observan es casi imposible verlo. Lo que solemos interpretar como “dolor ajeno” es, en realidad, el grado de sufrimiento que vemos reflejado en el otro. La ciencia médica ha intentado, sin éxito, crear un “termómetro del dolor” que nos permita objetivizar este síntoma, quizás el más importante de casi todas las enfermedades y posiblemente uno de los síntomas que más pueden dañar la calidad de vida. Todos los que hemos sufrido un dolor fuerte sabemos que, durante el periodo en que tenemos dolor, hasta los pensamientos se ven afectados.
¿Por qué es tan difícil medirlo? La razón radica en que el dolor es un fenómeno multidimensional. Más allá de lo físico, al tratar de interpretarlo nos enfrentamos al sufrimiento, un concepto que integra factores psicológicos, emocionales, cognitivos, culturales, educativos y hasta sociales o laborales. Todos, en algún momento, hemos usado un dolor como excusa inconsciente ante una situación incómoda, o hemos sido testigos de cómo los servicios de urgencias se llenan los lunes por la mañana.
El Dr. John Bonica, médico estadounidense y pionero en la investigación del dolor, practicaba el boxeo de forma amateur. Siempre le sorprendió que, en medio de un combate, recibía golpes suficientemente fuertes para causarle un gran daño físico, pero él no los sentía; el dolor aparecía apenas horas después.
Hoy sabemos que el cuerpo humano ha desarrollado mecanismos fascinantes para autorregular el dolor, y podemos aprender a utilizarlos a nuestro favor:
* El mecanismo adrenérgico: En situaciones de estrés intenso (como una mordedura o un accidente), el dolor pasa a un segundo plano porque nuestra prioridad biológica es la supervivencia. Por eso, alguien con una fractura es capaz de ayudar a un ser querido antes de sentir su propia lesión.
* Los opioides endógenos: Nuestro cuerpo es capaz de producir sustancias similares a la morfina. Durante el deporte intenso, estos niveles se elevan, lo que explica por qué algunos atletas solo sienten el dolor cuando terminan la actividad y los niveles de estas “drogas naturales” descienden.
* El sistema serotoninérgico: Aquí estamos empezando a comprender algo vital: el dolor es mucho más intenso si nuestro estado de ánimo es depresivo o triste. A veces, mis pacientes me dicen: “Doctor, quíteme el dolor y estaré feliz”. Yo suelo responderles: “Es al revés; para poder aliviar el dolor, primero debemos trabajar en encontrar un mejor estado de ánimo”.
En conclusión, el dolor no es solo una señal eléctrica en nuestros nervios; es un mensaje complejo que depende tanto de nuestro cuerpo como de nuestra mente.
“El dolor es un huésped inevitable en la vida, pero nuestra mente es la que decide si dejarle las llaves de casa o aprender a acompañarlo mientras sanamos”.
