El ayuno 16:8 podría ser más flexible de lo que pensábamos
Es difícil mirar a nuestro alrededor y no encontrar a alguien que esté practicando ayuno intermitente. El secreto del éxito de estas estrategias, que han calado con fuerza en la sociedad, reside en que parece más fácil aguantar períodos de tiempo (razonables) sin comer que controlar la cantidad y/o la calidad de lo que comemos.
Y quizá aquí esté el verdadero atractivo: que el ayuno intermitente ofrece muchas de las ventajas fisiológicas, y también moleculares –a estas alturas, ¿quién no sabe ya lo que es ese proceso de limpieza celular llamado autofagia?–, de las dietas tradicionales incluso sin tener que reducir la cantidad de calorías ingeridas.
Hay, sin embargo, un inconveniente: su popularidad ha crecido tan deprisa que supera la capacidad de la ciencia para responder a todas las preguntas que plantea. Son frecuentes las conversaciones de café donde se intenta adivinar cuántas horas hay que ayunar, cuándo hay que hacerlo, cuánto importa lo que comemos o si funciona igual en hombres y mujeres, sin que nadie parezca tener una respuesta muy clara.
Desafortunadamente, la investigación nos recuerda que separar el efecto de cada factor es complejo, y que no hay una sola respuesta a cada uno de esos interrogantes. Pero antes de abordar la cuestión, hagamos un breve repaso a la historia.
Ayuno y longevidad, toda una vida juntos
La relación entre comer menos y vivir más no es nueva. Ya hace más de 100 años que los endocrinos Thomas Osborne y Lafayette Mendel mostraron que una desaceleración en el crecimiento extendía la esperanza de vida en ratas. Y en la década de 1930, se........
