El espejismo del bloqueo: Por qué EEUU no puede cerrar el estrecho de Ormuz
Esa ausencia de sobresalto no fue una muestra de indiferencia ni el síntoma de una economía demasiado acostumbrada a la crisis; fue, más bien, una lectura bastante precisa del desfase entre la retórica de bloqueo y la realidad material del Golfo Pérsico. Washington presentó la medida como una demostración de fuerza, como si la sola enunciación de una prohibición bastara para alterar el curso del comercio marítimo mundial, pero lo que siguió fue algo muy distinto: una exposición sobria, aunque difícil de admitir en la capital estadounidense, de los límites estructurales del poder naval norteamericano en una región donde la geografía no obedece al lenguaje de las sanciones y donde la economía política del petróleo ha aprendido, desde hace años, a moverse con una elasticidad que desmiente los gestos de autoridad.
Los datos de las semanas previas ya habían anticipado ese desenlace. Una parte sustancial del crudo iraní había sido retirada de terminales vulnerables y desplazada hacia zonas de espera fuera del Golfo Pérsico, o bien cargada en buques fondeados en rutas donde la trazabilidad se vuelve incierta y la jurisdicción se fragmenta. No se trató de una retirada improvisada ni de una reacción nerviosa ante el anuncio estadounidense, sino de una operación de anticipación, organizada con la paciencia de quien sabe que el verdadero campo de batalla no es el puerto sino la cadena de circulación que lo enlaza con otros puertos, otros registros, otras jurisdicciones y otros intermediarios. Cuando comenzó la operación estadounidense, los puntos que debía asediar ya estaban, en lo esencial, vaciados. La escena era casi una parábola del orden contemporáneo: una flota desplegada para impedir un flujo que su adversario había sabido desviar antes de la llegada del bloqueo.
La dificultad central, sin embargo, no reside sólo en esa capacidad iraní de adaptación, sino en el propio diseño del sistema que Washington pretende ahora disciplinar. No se puede cerrar el estrecho de Ormuz de manera selectiva sin tocar al mismo tiempo el tráfico de otros grandes compradores ni perturbar corredores por los que circula una parte decisiva del comercio energético mundial. El estrecho no es un punto periférico ni una frontera menor; es uno de esos pasajes en los que la economía global concentra su vulnerabilidad. Intentar filtrar ese tráfico barco por barco, cargamento por cargamento, mientras se preserva intacto el resto del flujo, no es una operación militar en sentido estricto. Es una ficción burocrática revestida de lenguaje estratégico. Y lo que vuelve esa ficción especialmente inestable es que el Golfo Pérsico no es un teatro vacío, sino un espacio saturado de intereses superpuestos en el que cada movimiento estadounidense produce efectos que desbordan su intención declarada.
China entendió esto de inmediato y actuó en consecuencia. No hizo falta una proclamación solemne sobre soberanía ni una invocación grandilocuente del derecho internacional. Bastó con mantener los vínculos energéticos con Irán y dejar claro, por canales diplomáticos y comerciales, que cualquier interferencia con ese tráfico sería interpretada como un acto hostil. La aparente sobriedad del lenguaje chino no debe engañar: en cuestiones de seguridad energética, Pekín no puede permitirse aparecer como un actor que cede ante la presión unilateral de Washington. Y esto no se explica sólo por orgullo nacional o por una lógica abstracta de prestigio, sino por la relación concreta entre energía, crecimiento y legitimidad interna. Un bloqueo efectivo contra Irán exigiría a Estados Unidos la disposición a arriesgar una confrontación con China por el control de un corredor marítimo del que dependen, directa o........
