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Trump se juega el poder el 3 de noviembre: entre sus exabruptos y el futuro de México

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28.10.2026

Donald Trump no aparecerá en las boletas electorales del próximo martes 3 de noviembre, pero buena parte de su poder político estará en juego. Los estadounidenses decidirán si el presidente conserva un Congreso dominado por los republicanos o si los demócratas recuperan espacios capaces de imponerle contrapesos durante los últimos dos años de su mandato. La diferencia puede ser considerable no solamente para Estados Unidos, sino para México, cuya economía, seguridad y estabilidad comercial están estrechamente vinculadas con decisiones que se toman en Washington. Trump seguirá siendo presidente cualquiera que sea el resultado, pero las condiciones políticas en las que ejerza el poder podrían cambiar sustancialmente.

Y llegará a esa cita electoral envuelto, una vez más, en una sucesión de declaraciones que parecen diseñadas para provocar controversia. La más reciente ocurrió el domingo pasado, durante un mitin en Michigan, cuando arremetió contra Noruega, a la que llamó, literalmente, «país de mierda», porque no le concedieron el Premio Nobel de la Paz. No satisfecho con insultar a una nación aliada de Estados Unidos, afirmó que tampoco quería recibir inmigrantes noruegos por esa misma razón. La escena resulta especialmente llamativa porque Noruega figura entre las democracias de mayor ingreso por habitante del mundo y porque el mandatario estadounidense atribuye al país una decisión que corresponde a un comité independiente.

Trump llevaba semanas manifestando su enojo por el Premio Nobel de la Paz 2026, otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay, reconocida por su trayectoria en materia de derechos humanos. Había llegado a calificar aquella decisión como una mancha imborrable para Noruega, reclamando que sus supuestos méritos como pacificador internacional merecían el reconocimiento. El presidente noruego no elige al galardonado, ni lo hace su gobierno, pero semejante distinción institucional parece importar poco cuando Trump decide convertir una frustración personal en un conflicto diplomático.

Durante aquel mismo mitin también arremetió contra las políticas migratorias francesas, responsabilizó a la inmigración de problemas sociales europeos y volvió a presumir sus gestiones sobre Groenlandia, asegurando que había conseguido un acuerdo de grandes alcances con Dinamarca. Son asuntos de naturaleza muy distinta, mezclados en un discurso en el que conviven las reivindicaciones personales, las amenazas políticas y las afirmaciones grandilocuentes. No todas sus declaraciones se traducen en decisiones de gobierno, pero tampoco pueden considerarse irrelevantes cuando provienen del presidente de la principal potencia económica y militar del planeta.

El problema no consiste solamente en la vulgaridad del lenguaje. Un presidente puede expresar desacuerdos con otros gobiernos, cuestionar decisiones internacionales y defender políticas migratorias restrictivas. Lo preocupante aparece cuando las diferencias diplomáticas se plantean mediante descalificaciones nacionales, cuando se confunden las instituciones independientes con los gobiernos o cuando una distinción honorífica se convierte en motivo de hostilidad hacia ciudadanos de otro país. La política exterior exige algo más que........

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