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Cuando el poder confunde el mapa con el botín

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23.01.2026

Hay momentos en los que la política internacional deja de regirse por reglas, equilibrios y consensos, y se convierte en una mesa de póker mal iluminada, donde uno de los jugadores ya no disimula que hace trampa, amenaza con voltear la mesa y confía en que los demás se levantarán primero. Ese momento parece haber llegado. Y Groenlandia es apenas la carta más visible de un juego mucho más peligroso.

La amenaza de imponer aranceles del 10% —y luego del 25%— a países europeos que se niegan a negociar la “compra” de Groenlandia no es una excentricidad ni una bravata sin consecuencias. Es chantaje económico en estado puro. Coacción directa. La sustitución abierta de la diplomacia por la extorsión, envuelta en el comodín retórico de la “seguridad nacional”, tan elástico que sirve lo mismo para castigar aliados que para justificar cualquier atropello.

El mensaje es brutal en su simpleza: o negocian, o pagan. Donde había alianzas, ahora hay facturas. Donde había soberanía, ahora hay precio. Y donde se hablaba de seguridad colectiva, se impone una lógica primaria: obediencia o castigo.

Para completar la escena —como quien hace un chiste malo mientras amartilla— aparece incluso la confusión entre Islandia y Groenlandia. Un error tan elemental que solo admite dos lecturas: ignorancia inquietante o burla deliberada. Y viniendo de quien pretende adquirir territorios ajenos como si fueran activos inmobiliarios, ambas resultan igual de alarmantes. Tal vez esa sea la intención: provocar, banalizar, irritar. Fingir ligereza mientras se empuja el límite.

Europa, esta vez, no rió la........

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