¿Quién frena al poder desbocado… cuando ya nadie puede?
Si ayer el problema quedó claro —un poder impredecible— hoy la pregunta es más incómoda: ¿queda alguien capaz de detenerlo… o los frenos ya no alcanzan? Si el poder ya no es predecible, la siguiente pregunta no es menor: ¿quién lo contiene cuando decide no contenerse? Durante décadas, el sistema internacional se sostuvo sobre una idea relativamente simple: ningún poder, por fuerte que fuera, operaba completamente solo. Siempre había equilibrios, contrapesos, incentivos cruzados y límites que, aun tensos, terminaban funcionando. No era un sistema perfecto, pero sí suficiente para evitar que el descontrol se volviera regla. Hoy, ese sistema sigue ahí, pero cada vez se parece más a una estructura que funciona… con retraso.
Hacia adentro, los contrapesos institucionales existen, pero llegan tarde. Operan, sí, pero bajo presión, forzados, a veces a contracorriente. No han desaparecido, pero han perdido reflejos. Y en política, perder reflejos es empezar a perder control. Hacia afuera, el panorama no es más tranquilizador. Europa marca distancia, pero no conduce. Liderazgos como Emmanuel Macron o Pedro Sánchez fijan postura, elevan tono, pero no logran articular un eje que ordene. Japón observa con la prudencia que impone la historia… y la geografía. El mundo árabe, siempre........
