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Vender el voto es vender la patria

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saturday

Creo en las fuerzas del mercado; como economista, veo la vida social a menudo como una confrontación aguerrida entre oferta y demanda que fija precios. Hoy, sin ambages, el precio que se negocia en buena parte de nuestra vida cívica es la patria misma. Por eso no se puede –no se debe– vender el voto: Colombia no tiene precio. Me explico.

Una de las máximas de la economía es simple: donde hay oferta, hay demanda. En Colombia se compran votos porque hay quienes los ofrecen. Eso duele, pero es la verdad. Vender el voto por un puñado de dinero, un almuerzo o una promesa pasajera es una costumbre putrefacta que debemos desterrar. El voto no tiene precio; venderlo es vender la patria, es vender la dignidad.

Para erradicar esa práctica debemos comenzar por no justificarla. La pobreza y la necesidad explican muchas conductas, pero no las absuelven. Resolver la angustia de un día con una dádiva electoral puede aliviar un estómago, pero daña el tejido institucional y compromete el futuro colectivo. No hay dinero que compense la pérdida de voz política ni la entrega de decisiones públicas a quien compra........

© Revista Semana