La confrontación en el inconsciente fósil
Las tres negaciones de la hipernormalización
La civilización contemporánea puede ser interpretada como el resultado de un pacto faústico sellado con las profundidades. No estamos aquí ante el relato prometeico clásico —aquel por el cual Prometeo roba el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres—, sino de una inversión radical de ese gesto transgresor. En realidad, aunque ello cueste de aceptar, la modernidad no asciende hacia la luz para apropiarse de ella, sino que literalmente desciende hacia la oscuridad geológica para extraer de allí la energía que la va a sostener para encender sus pretendidas luces civilizatorias. En lugar de un Prometeo aéreo, nos hallamos ante una figura invertida: un Prometeo ctónico que, en vez de robar la llama divina, arranca del inframundo material la potencia acumulada en la muerte de lo orgánico.
Sobre todo porque, como ha señalado Ramón Gosfroguel (2026), la institucionalización del cristianismo como religión imperial en el siglo IV comportó una profunda transformación cosmológica en relación al vínculo humano con la naturaleza. Esta dejó de concebirse como un ámbito vivo, holístico y sagrado para convertirse progresivamente en un espacio subordinado al ser humano, sospechoso, demonizado y necesitado de dominio. A partir del siglo XVII, esta visión teológica se secularizó mediante la cultura moderna y el racionalismo cartesiano, hasta integrarse plenamente en el imaginario del capitalismo industrial, donde la naturaleza pasó a entenderse como un simple depósito de recursos explotables, pero igualmente peligrosa y susceptible de sometimiento y exterminio. Desde esta perspectiva también puede comprenderse la resistencia moderna al descenso al inframundo psíquico, al inconsciente, identificado con esa misma naturaleza desvalorizada. Tanto el mundo subterráneo como el inconsciente quedaron así asociados a aquello que la civilización moderna debía explotar, dominar, marginar o superar en nombre del progreso y de la cosmología dualista, patriarcal y eurocéntrica que sustentó el proyecto depredador de la modernidad occidental.
Con todo, el hilo conductor de nuestra reflexión consiste en trasladar la operación material de perforación y explotación del inframundo geológico al plano simbólico de una auténtica confrontación de la civilización moderna con lo que aquí hemos denominado inconsciente fósil. Desde esta perspectiva, la extracción de combustibles fósiles no constituye únicamente una operación técnica destinada a movilizar recursos energéticos acumulados durante millones de años, sino también una incursión en un ámbito profundo de la realidad cuyas implicaciones trascienden lo puramente económico o material. Dicho de otro modo, la civilización moderna, al descender al subsuelo para extraer la energía aprisionada en el carbón, el petróleo y el gas, no solo moviliza materia, sino que entra en contacto —y en conflicto— con un fondo inmaterial, arcaico e irracional que desborda su propia capacidad de comprensión e integración.
La hipótesis que planteamos es que esta confrontación no puede entenderse adecuadamente si se limita a una lectura energética o económica. Debe ser interpretada también en términos culturales, simbólicos y psicológicos. Y es precisamente aquí donde esta reflexión enlaza con nuestra tesis sobre la hipernormalización ante el colapso ecosocial (Hernàndez, 2025). La hipernormalización aparece como el mecanismo mediante el cual la civilización fósil intenta evitar, paradójicamente, las consecuencias de ese encuentro con el inconsciente fósil. Como seguidamente desarrollaremos, a través de una triple negación del inconsciente fósil —espacial, temporal y psíquica—, el sistema consigue ocultar simultáneamente los daños que provoca, los límites que encuentra y las transformaciones que debería afrontar. De este modo, la extracción material del inframundo geológico encuentra su correlato, en última instancia, en una represión simbólica del inframundo psicológico. Siguiendo la máxima alquímica, tal como es arriba es abajo.
La cuestión es que aquello que se intenta mantener fuera de la conciencia no desaparece. Los costes ecológicos y sociales retornan bajo la forma de conflictos y devastación ambiental; los límites materiales reaparecen como crisis energéticas, climáticas y económicas; y la transformación psíquica bloqueada regresa como incertidumbre, ansiedad colectiva, depresión, pérdida de sentido y crisis de los imaginarios modernos. Desde esta perspectiva, la hipernormalización puede entenderse como la expresión cultural de una civilización que ha descendido físicamente al inframundo para extraer energía, pero que se resiste a realizar el descenso simbólico necesario para comprender las consecuencias derivadas de ese acto. Como no hay coherencia, se produce el caos.
El colapso ecosocial sería entonces algo más que una crisis material. Representaría el momento histórico en que las tres negaciones comienzan a erosionarse simultáneamente y en que el inconsciente fósil, hasta entonces mantenido en segundo plano, irrumpe progresivamente en la conciencia colectiva. La cuestión decisiva ya no sería únicamente cómo gestionar el agotamiento de determinados recursos, sino cómo afrontar la confrontación con aquello que la civilización fósil ha intentado negar durante más de dos siglos: los costes de su expansión, los límites de su modelo de desarrollo y la necesidad de una profunda transformación cultural, simbólica y civilizatoria.
La hipernormalización puede interpretarse, en consecuencia, como uno de los principales dispositivos culturales mediante los cuales la civilización contemporánea consigue mantener una apariencia de normalidad incluso cuando las contradicciones que la sostienen se vuelven cada vez más visibles. Al fin y al cabo la hipernormalización consiste en el arte de mantener la fachada de normalidad a toda costa. No se trata simplemente de una forma de propaganda o de una estrategia de manipulación ideológica. Su funcionamiento es más profundo y afecta a la propia manera en que las sociedades perciben la realidad. La hipernormalización actúa como un filtro colectivo que permite integrar dentro de lo “normal” fenómenos que, en otro contexto histórico, habrían sido interpretados como señales evidentes de crisis, agotamiento o descomposición. Gracias a ella, una sociedad en declive puede seguir comportándose como si su horizonte de continuidad estuviera garantizado, incluso cuando las condiciones materiales que hicieron posible dicho horizonte comienzan a deteriorarse por todos lados. Si, como señala Amador Fernández-Savater (2026:55), “solo desde la anomalía podemos entender la normalización”, entonces sólo desde esa enorme acumulación de anomalías que evidencia el colapso podemos entender la hipernormalización.
Desde esta perspectiva, la hipernormalización no opera mediante una única forma de negación, sino a través de una estructura mucho más compleja que afecta simultáneamente al espacio, al tiempo y a la psique. Podría decirse que funciona mediante tres negaciones fundamentales. La primera oculta los costes reales de la civilización fósil. La segunda oculta los límites históricos y materiales de dicha civilización. La tercera bloquea la transformación psicológica y cultural que exigiría reconocer plenamente las dos anteriores. Cada una de estas negaciones configura una dimensión específica de lo que aquí denominaremos inconsciente fósil.
Primera negación: el inconsciente fósil extractivo
La primera de ellas remite a aquello que podríamos denominar inconsciente fósil extractivo y encuentra un sólido punto de apoyo en el concepto de fossil unconscious desarrollado por Bob Johnson (2019) en Mineral Rites: An Archaeology of the Fossil Economy. Para Johnson, la economía fósil no constituye únicamente una infraestructura energética destinada a suministrar combustible a la industria y al transporte. Constituye también una estructura perceptiva que condiciona la forma en que experimentamos el mundo. La energía fósil se encuentra tan profundamente integrada en la vida cotidiana que acaba desapareciendo de la conciencia. Los automóviles circulan, las mercancías llegan a los comercios, la electricidad alimenta nuestras viviendas y los sistemas de transporte conectan continentes enteros, pero las inmensas infraestructuras materiales que hacen posible todo ello permanecen generalmente ocultas. La economía fósil adquiere así la........
