Werner Herzog ante el fin del mundo
En el documental Encuentros en el fin del mundo hay una secuencia célebre en la que, en mitad de la desolación de la isla de Ross, en la Antártida, un pingüino se detiene, da media vuelta como si se le hubiera olvidado algo, deja atrás a sus compañeros y se dirige en solitario a través de una inmensa superficie de hielo, hacia las lejanas montañas. Con su voz de catacumba y su inconfundible acento de cervecero alemán, Herzog se pregunta si ese pingüino se ha vuelto loco, si se ha desorientado o si pretende suicidarse. No hay forma de saberlo, aunque el cine de Herzog siempre ha tratado de responder lo imposible, de ir más allá de todo, ya sea con osos salvajes, con saltadores de esquí enloquecidos, con volcanes a punto de estallar, con pinturas rupestres, con escaladores insensatos. En cierto modo, ese pingüino es Werner Herzog.
Con el premio Donostia, el Festival de San Sebastián no honra sólo a un cineasta único sino a un explorador de los límites, un hombre que casi siempre ha concebido sus películas como una celebración de la belleza del mundo y un testimonio casi insoportable de la locura humana. Herzog tiene la virtud de filmar un paisaje como si no perteneciera al ámbito terrestre y de presentar los actos de los hombres como si formasen........
