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Al mar hay que quitárselo

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04.10.2026

Muchos peatones empiezan a darle vueltas a lo de la acampada en Sol, si sirve para algo o si va a servir para algo. A algunos les produce urticaria contemplar ese pequeño laberinto azul de lonas, pancartas y tiendas de campaña, esa ciudad portátil que ha brotado en el centro de la gran ciudad como un recuerdo del pasado, un orzuelo del extrarradio o de la sierra: un campo base pululando de alpinistas aficionados, dispuestos a pasar frío y calamidades, a asaltar un ochomil invisible. Otros se preguntan qué hacen todos esos jóvenes ingenuos sentados, de pie, callados, charlando sin parar; si estarán pensando en derribar el sistema capitalista o en arreglar únicamente la crisis del alquiler, si quieren cambiar el mundo de arriba abajo o apretar nada más que unos cuantos tornillos flojos. Cuando todos sabemos que la realidad no se puede cambiar y que, como decía Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Es una matraca que se ha repetido innumerables veces a lo largo de la historia (estate quieta, Maricarmen, que no hay nada que hacer) y que la historia misma se ha encargado de rebatir otras tantas: la revolución de los plebeyos en Roma, la revuelta de Espartaco, la rebelión de los Turbantes Amarillos en China, las revueltas campesinas del siglo XIV en Inglaterra, la Jacquerie en Francia, la rebelión de los Zanj en Irak, las revueltas Ikko-Ikki en Japón, la revolución francesa, la rusa, la mexicana. Siempre se trata de lo mismo: un montón de siervos, de esclavos, de gente a la que se le van hinchando las narices ante tanta injusticia y tanto papo, y que........

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