Vejez y tolerancia humana
No es extraño a la mente menos acuciosa la fragilidad de la tolerancia humana cuando afrontamos en nuestra cotidianidad las flaquezas y desventuras del envejecimiento del prójimo; este estado es uno de los más determinantes para valorar el desarrollo de las virtudes humanas por la infrecuente cantidad de amor, ternura y tolerancia, así como comprensión que hay que introducir en cada contacto: la palabra, el acercamiento, la aclaración, la voz entonada hacia la ayuda, el corazón henchido de ternura y amor, las ansias de una recepción clara de lo que se transmite y la percepción a las alteraciones constantes.
No se visualiza en los humanos otra fase de la vida donde ingresa la decrepitud y la lenta extinción de los sentidos que una vez mantuvieron su excelsa potencialidad y vigor para afrontar las exigencias y retos de la vida, que requiera mayor observancia y atención.
Aquello no limita la intensidad cuando observamos la inagotable necesidad de comunicación que reflejan los ancianos. Percibir, afrontar y ser parte activa de ese requerimiento de comunicación, proveerá a los más cercanos de una información invalorable en relación a experiencias, eventos, recuerdos y sentimientos que como un manantial sin fin hace brotar, enriqueciendo nuestro conocimiento de la persona, a la cual presumíamos conocer en su integridad, pero que esta fase nos desvela esa imperiosa necesidad de comunicar, no manifestada tan elocuentemente y con fidelidad, en otras fases de la vida.
No creemos que haya una fase de la vida tan completa en la culminación de las facultades orgánicas e intelectuales como la ancianidad, que es la única que........
