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Cuba en triciclo

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14.05.2026

Los procesos de cambio brusco, tanto en positivo como en negativo, suelen introducir rápidamente en la vida cotidiana nuevos mecanismos, objetos y palabras. Con ellos aparecen también nuevas formas de relacionarse y nuevos énfasis sociales, casi siempre atravesados por diferencias de clase que revelan —o profundizan— desigualdades ya existentes.

En contextos así, se aprende a fluir entre los vacíos disponibles, a desplazarse por los intersticios que las normas formales habilitan —o dejan inadvertidamente abiertos—: pequeñas rendijas ásperas por donde avanzar, aunque sea con arañazos, mientras el poder no las clausure. Cuando eso deja de ser posible para un grupo significativo de personas, aumenta la fricción y pueden desencadenarse conflictos de distinta escala. Quienes tienen mayores recursos económicos suelen “aceitar” y ensanchar esas ranuras para deslizarse con más facilidad.

Formalidad e informalidad, legalidad e ilegalidad, se articulan y a veces incluso se sostienen mutuamente, aunque el desplazamiento social tienda a favorecer al primer polo de esas relaciones.

Hay en ello una especie de ley de la supervivencia cotidiana, especialmente en períodos de crisis, cuando las prestaciones sociales y los ingresos familiares ya no alcanzan para garantizar una cobertura básica a la mayoría. Lo que vivimos aquí y ahora no escapa a esa lógica.

Nuevos componentes del paisaje

En ese mecanismo de fluido nos inundan novedades, en forma de objetos y palabras, progresivas y regresivas, la mayoría relacionadas con el acceso a energía: el Ecoflow, los paneles, inversores y baterías, powerbank, recargables diversos, triciclos eléctricos, motorinas, bicimotos, solineras, cocina infrarroja o de inducción, leña, carbón, hogueras. 

Poseer esos dispositivos y la capacidad y calidad generadora o conservadora de energía y de desplazamiento que tengan los que se poseen, son una marca de estatus económico y depende, como casi todo ahora, de los ingresos de las familias. En un extremo se forman burbujas de bienestar individualizado, iluminadas. En el otro, toca caminar, la oscuridad, la leña, el carbón o la nada.

Para mitigar la falta de transporte público, carencia que forma parte de nuestro entramado de empobrecimiento colectivo, han llegado triciclos, motorinas y bicimotos, nuevos objetos móviles a nuestras vidas, que cubren y devuelven cierto nivel de movilidad a la ciudad, a la vez que generan un pintoresco espectáculo urbano, al introducir nuevas velocidades, sonidos y relaciones. 

La velocidad de desplazamiento promedio de estos vehículos suele ser inferior a la de los movidos por gasolina o petróleo, aumentando los tiempos de espera para transitar, cambiar de senda, doblar o cruzar la calle. El ritmo de la ciudad se hace más lento. 

Particularmente, las motorinas suelen insertar una banda sonora móvil, con escandalosas canciones de reparto, lloronas o soeces a veces; otras retadoras, rítmicas; todas........

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