Selectivos
Ha traído cola la irrupción de una concejala pepera en el teatro de Collado Villalba dando por finalizado el espectáculo que su propio departamento había contratado con motivo del 8-M. A falta de tribuna de oradores, se subió al escenario y, mimetizándose en una especie de Tejero sin pistola ni tricornio, ordenó que silencio todo el mundo, que se acabó la función. Amén de su repulsiva ideología, señalan fuentes cercanas a nuestra protagonista que esta es en realidad más corta que la variante de Legazpi, que ya es decir. Los ecos de la hazaña han llegado hasta aquí y ha habido gente que se ha puesto a recordar la triste época en la que grupos vascos de música eran sistemáticamente cancelados en tierras españolas. También quien ha afirmado con rotundidad que eso en Euskal Herria no pasa.
Ciertamente, no tenemos aquí concejales fachas que osen cometer tamaño atropello, pero no han pasado tantos años desde que cantautores vascos fueron boicoteados y acosados por su postura contraria a la violencia; desde que algún bertsolari vio cómo le anulaban actuaciones porque cantó en el homenaje a Yoyes (y otro –veterano antifranquista– que tuvo pánico porque aceptó cantar en un acto donde se pedía la libertad del secuestrado Aldaia); desde que un grupo de verbenas tuvo que suspender actuaciones porque decenas de jóvenes acudían a boicotearlas porque tocaba en él un joven que tuvo el atrevimiento de ser concejal de un partido que no les gustaba. La lista es más amplia, pero ninguna de estas tropelías desmerece ante el desmán de la petarda del citado pueblo madrileño.
En tiempos en los que se habla tanto de memoria, parece evidente que somos muy selectivos al reivindicarla. Nos unimos en torno a lo evidente, a lo que no nos incomoda, al consenso fácil; pero corremos un tupido velo cuando la cuestión puede ruborizar al de al lado. No deja de ser un fracaso que la sociedad en general prefiera olvidar algunos capítulos tristes de nuestra historia. Sin hacer balance ni autocrítica.
