Caspa y casta
Soy hija de los bares. De los bares de caspa y casta. Porque la caspa, cuando es auténtica, también es patrimonio.
El otro día fui a tomarme una caña al Bar Carlos, en la calle Príncipe de Vergara, 118. Una caña. Ni una experiencia gastronómica, ni un maridaje, ni una espuma de nada. Una caña pequeña, fría y española. Al llegar, estaba en obras. Debí dar media vuelta. No lo hice.
Hay puertas que una no debe traspasar. Habitaciones de hotel, perfiles de Instagram y bares castizos en plena reforma. En los tres casos, lo que uno descubre dentro rara vez mejora su existencia.
No sé qué harán con el Bar Carlos. Tampoco quiero saberlo todavía. Pero aquella imagen me produjo una inquietud que llevo tiempo teniendo y que empieza a convertirse en certeza. Madrid está cada día más bonito y cada día se parece menos a Madrid.
Lo digo, además, desde una posición bastante poco coherente. Trabajo y vivo, en buena medida, de la arquitectura, el interiorismo y el diseño. Me paso la vida viendo renders, entrevistando arquitectos, celebrando reformas y aprendiendo nombres de piedras que hace unos años habría llamado simplemente mármol. Adoro un espacio bien pensado. Una buena luz. Una silla maravillosa. Un baño donde apetece quedarse a vivir. Y, sin embargo, últimamente daría todos los travertinos de Madrid por una barra que nadie haya tocado desde 1987.
Soy hija de los bares. De los bares de caspa y casta. Porque la caspa, cuando es auténtica, también es patrimonio. El problema es que hemos confundido durante demasiado tiempo lo bonito con lo bueno. Y no son necesariamente la misma cosa.
Un lugar puede ser objetivamente........
