Cárceles portátiles
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El burka y el niqab son prendas horripilantes y no solo deseo que dejen de estar en España: quiero que desaparezcan en todo el mundo. La discusión sobre la propuesta de prohibición en espacios públicos ha producido análisis perspicaces y divergentes, como los de Miguel Presno Linera, Pablo de Lora, Najat El Hachmi, Ilya Topper y David Mejía. También hemos visto argumentos menos sólidos e incoherencias en derecha e izquierda.
Que la iniciativa parta de la ultraderecha no afecta al significado de las prendas ni al debate de si el Estado puede restringir esa vestimenta (lo ha hecho en otros países europeos). Que sean prendas poco utilizadas tampoco anula la discusión. La indulgencia con estas marcas de sumisión en sectores de la izquierda solo sorprende a gente empeñada en sorprenderse. Una dupla argumental particularmente necia dice que las mujeres se ponen el burka libremente y que si se les prohíbe hacerlo sus maridos o padres no las dejarán salir a la calle o ir a la escuela: al margen de la contradicción, en ese caso estaríamos hablando de un delito ya tipificado.
Que una práctica sea exigida o no por una liturgia, una tribu o los estatutos de una asociación de colombófilos tampoco debería tener mayor importancia. Lo que importa es la elección individual, no los mandatos tribales. Es entretenido ver que partidos ruidosamente defensores de la igualdad presentan el velo como un símbolo de inclusión, cuando es una marca de exclusión. Uno se pasa tanto tiempo denunciando estructuras informales invisibles que no ve la cárcel que tiene delante de sus ojos.
Hay contradicción entre posturas paternalistas frente a la prostitución, la gestación subrogada o la violencia de género y una política de no intervención ante el velo integral; y viceversa.
Las tensiones más interesantes no están en la izquierda multicultural o los siniestros comunitaristas, sino en el mundo liberal: decidir qué hacer con una prenda que menoscaba la dignidad y que a menudo se pone bajo coacción implícita o explícita, pero quizá no siempre; también aparecen el argumento de la pendiente resbaladiza, dudas razonables sobre el procedimiento y reparos sobre la eficacia. En algunos países se prohíbe en nombre de la seguridad ciudadana: es comprensible, pero tiene algo de subterfugio.
Una de las mejores razones la exponía Pablo de Lora: “No hay comunidad política de libres e iguales cuando nuestra interacción social más allá del espacio privado impide reconocer a individuos que, aun asumiéndolo voluntariamente, creen que deben exhibir su condición de ‘no visibles’ para los demás”.
Las críticas más elocuentes a las distintas formas de velo y su intención de someter a la mujer provienen de autoras de origen musulmán. Además de Najat El Hachmi, recomiendo a Chahdortt Djavann (Bas les voiles!), Wassyla Tamzali (El burka como excusa) y Marnia Lazreg (Questioning the Veil).
Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.
