“El cine no tendría que confirmar nuestra supuesta superioridad moral”. Entrevista a Fernanda Solórzano
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Fernanda Solórzano es, ante todo, una ensayista que ha ejerciendo la crítica de cine desde los años noventa. Ensayista en el sentido amplio, por lo que se entiende como ensayo literario, y ejemplar en su libro Misterios de la sala obscura (2017). En esto voy pensando sobre el camellón de la calle Ámsterdam. Toco el interfón y escucho su voz. Entro a su departamento. Me ofrece un café y, en lo que va a la cocina, echo un vistazo a los libreros. Veo una colección encuadernada de la revista Sight and Sound,ejemplares de la clásica editorial Aguilar; títulos de José de la Colina, de Octavio Paz. Y lo más interesante: me muestra el espacio donde ve cine, una salita al fondo del comedor. Resulta curioso que el mueble en el que está colocada la televisión puede girar por completo para revelar un bello grabado de Joy Laville. Al quedar la televisión del lado contrario, se sitúa frente a otro cómodo sillón. Dos salas opuestas con una televisión giratoria. En ese reverso se encuentra un pequeño y acogedor estudio desde donde graba las capsulas de Cine aparte. Ahí hay un librero con devedés, películas de Wim Wenders y Krzysztof Kieślowski en VHS. Volvemos a la sala principal. Nos sentamos y comenzamos a conversar.
¿Dónde creciste y cómo fue tu infancia?
Todo el mundo siempre cuenta estas historias donde su familia los llevaba a ver películas desde que estaban casi que en el vientre. Yo no tengo nada de esas historias, pero creo que tener una familia a la que no le interesaba el cine jugó un papel importante, por oposición, en mí. Soy hija única y a la vez no, porque mi papá tuvo otros seis hijos. Mi papá era médico. Era veintiún años más grande que mi mamá. Había tenido un primer matrimonio con seis hijos. Contra lo que suele pasar en la vida y en el mundo, se divorció de su primera esposa y se quedó con los seis hijos. Mi mamá se casó con él cuando tenía 24 y asumió la responsabilidad sustituta de esos hijos de edades variadas. Crecí en la Colonia del Valle. Vivíamos en una casa que era muy rara, en la calle de Heriberto Frías. Arriba vivíamos mi mamá, mi papá y yo. Mis medios hermanos vivían en distintas recámaras y pisos en la parte de abajo. Dos de las hermanas ya se habían casado, se casaron muy jovencitas. Uno de los hermanos se había ido a estudiar medicina a Canadá. Estaban todos desperdigados. Mi mamá como que los reunió otra vez en la vida de mi papá.
¿Y viviste toda tu infancia en esa casa?
Sí. Todo esto es para decirte que mi papá me tuvo a sus 50 años. Que es una edad ya grande. Entre que estaba estudiando medicina y medio que ejerciendo –la vida de los médicos–, mi papá sentía que a sus otros hijos no les había dado la atención, el cuidado y el cariño suficientes. Después de eso, te imaginas el nivel de consentida que era yo… Mi mamá tenía que poner un poquito de balance a eso, porque mi papá se iba como hilo de media conmigo. Me quería muchísimo. Creo que todo lo que yo hacía le parecía bien y le parecía divertido. Mi vida de infancia, que por un lado era muy atípica en ese sentido, también era muy tradicional. Mi papá era médico, mi mamá ama de casa, roles muy tradicionales.
Creo que eso influyó un poquito en que yo quisiera dedicarme a hacer cosas que no eran usuales para una mujer. Ahora me preguntan muchas veces: ¿y fuiste consciente de que rompiste el paradigma de que en México casi no había críticas de cine mujeres? Creo que sería una farsante si dijera que quise ir en contra de eso, pero creo que hubo factores de los que tal vez yo no era consciente y me hicieron tomar decisiones. Veía cómo todas mis tías vivían en unos roles matrimoniales rígidos, y sentía que no eran muy felices. Iba a las comidas familiares y veía que nunca se hablaba de nada que tuviera que ver con la vida de nadie de los que estaban ahí, siempre era hablar de otras personas, y algo me sonaba falso. A mí no se me alentó mucho a hablar de mí nunca tampoco. Finalmente, me dediqué a algo que consiste en hablar de mí todo el tiempo, pero a través de lo que hacen los demás.
Creo que también por eso me gustaba mucho el cine en donde había mucho conflicto, porque yo estaba tratando de entender cómo funcionaban otras familias. Alguna vez me llevaron a ver las películas que yo creo que como papás sentían que me tenían que llevar, como La guerra de las galaxias. Mi mamá me llevaba también a todas las películas que se estrenaban en el Cine Continental, que tenía su fachada con el castillo de Disney.
¿En tu entorno familiar había sensibilidad por los libros o por el arte en general?
Mi tío era arquitecto, pero tampoco era que de pronto nos sentáramos a hablar de arquitectura. Mi mamá se la pasaba leyendo, era una lectora voraz de todo lo que te puedas imaginar. Podía haber una novela policiaca, autores latinoamericanos. Me acuerdo que me decía que no le gustaba Gabriel García Márquez porque no le gustaba que los muertos revivieran, pero la veías con unas novelas enormes de Mario Vargas Llosa. Había de todo y yo creo que eso lo heredé, empecé a leer cosas que ella dejaba por ahí. Vi en tu librero How to read and why, de Harold Bloom. En ese libro Bloom recomienda leer porque dice que en la vida no podemos vivir muchas vidas, pero la literatura nos da esa posibilidad. ¿Cómo dirías que empezaste a vivir las ficciones, la vida de los demás? ¿Fue primero el cine o la literatura?
La literatura. Me acuerdo que tenía un maestro en la secundaria que de pronto llegaba y escribía una frase en el pizarrón y nadie lo pelaba. Entonces nos preguntaba: ¿qué les dice esa frase? A mí me encantaban sus clases. Nos hacía leer a Rubem Fonseca, me gustaba mucho el cuento de “El juego del muerto”.
Qué curioso, porque el tono y atmósferas de los cuentos de Rubem Fonseca son, de cierta forma, parecidos a un tipo de cine que luego te va a interesar, ¿no te parece?
Y fíjate que a mi mamá le gustaba American Psycho, de Bret Easton Ellis. Era uno de sus libros favoritos. Creo que ya no llegó a ver la película. Te digo que era muy rara mi mamá. Por un lado, era muy formal y nunca la hubieras visto sin maquillarse, sin peinarse, siempre era como la anfitriona perfecta, pero tenía también estos gustos, este lado oscuro. Le gustaba también mucho la historia.
¿Y cómo fue que pasaste de Rubem Fonseca a ver tanto cine?
Cuando llegó el momento de estudiar algo, decidí estudiar Letras. Estudié Letras latinoamericanas porque no quería hacer nada más que seguir leyendo, ni siquiera escribir, porque todos mis compañeros querían ser novelistas…
¿Para ese entonces ya habías visto mucho cine?
Era difícil. Veía las películas de la Muestra Internacional de Cine. Cada año ibas y tenías tu abono y era padrísimo, porque te reunías con la misma gente y no sabías si ibas a volver a ver esas películas. Podías ver películas de todo el mundo, o se hacía una retrospectiva del cine de Fassbinder en El Chopo, pero era difícil ir. Yo todavía no manejaba.
Es decir, en el momento que entras a la universidad eras más lectora que cinéfila…
Sí, empecé a ver cine, y empezó a interesarme, un poquito sin darme cuenta. Creo que por esta necesidad de compensar los huecos de conversación que había en mi familia, y porque me gustaba irme dos o tres horas de mi casa y no tener que hablar con nadie. Yo siempre fui muy solitaria y sigo siéndolo, entonces era una buena manera de justificarlo.
¿En dónde estudiaste la carrera de Literatura latinoamericana?
En la Ibero. Me había tomado un año después de la prepa, y para entrar a la UNAM tenía que esperarme otro semestre y dije: ya no. Yo no tenía idea de qué quería ser, solo quería seguir leyendo. Tenía claro que no me gusta escribir ficción (hasta la fecha). Y en algún momento vi que me gustaba escribir ensayo. Ahí se empiezan a perfilar los caminos: ver cine y escribir sobre cine. No lo sabía, pero se iba a convertir en mi forma de vida.
Cuando se dice “ensayo” casi siempre se piensa en el ensayo académico. Pero el ensayo tiene muchas formas. ¿Cómo fue tu experiencia en cuanto a entender el género del ensayo?
Leía a los ensayistas que te enseñan por currículum, Montaigne y demás, pero no es que te diga “fue ahí que me di cuenta”. El ensayo es como un camino y vas visitando lugares. De lo que me doy cuenta es de que creo que no encajo en el perfil de crítica, en el sentido de que muchas veces me voy por los bordes de lo que sería la crítica estricta, más formal, más purista. Por ejemplo, estos ensayos (Fernanda señala mi ejemplar de Misterios de la sala obscura) en realidad no diría que son ensayos de crítica, porque pocas veces, dentro del mismo libro, analizo una escena por su composición. Lo sé hacer, pero cuando me doy cuenta ya estoy en otro lado.
¿Y en la carrera te tocó hacer una tesis académica?
Sí, hice una tesis sobre Felisberto Hernández, sobre su cuento “Las hortensias”. Me gradué con........
