El disparo de Sergio Leone
Ayer justamente echaron en La 2 Érase una vez en América, la última película de Sergio Leone, un filme que le llevó casi 15 años hacer porque fue una obsesión que se fue armando durante todo ese tiempo en la cabeza de uno de los directores más geniales. Un maestro que aprendió de su padre, el actor y director italiano Vicenzo Leone, conocido bajo el seudónimo de Roberto Roberti, el oficio de una profesión que afloró casi de manera inconsciente en él. Sergio incorporó de su progenitor todos los elementos relevantes del cine mudo, por eso es tan importante en las películas de Leone la música del excepcional Ennio Morricone, pero también toda esa manera particular de filmar tan visual y operística con primeros planos míticos, como aquellos ojos azules de Henry Fonda en Hasta que llegó su hora. Pero si algo le debemos a Leone, gracias a sus antihéroes influenciados de los protagonistas de los cómics, es haber impulsado la carrera de Clint Eastwood. El italiano lo eligió por su cuerpazo y por su capacidad para transmitir con poco diálogo, y Clint le dijo que sí porque, además de permitirse unas vacaciones pagadas en España (los rodajes eran en Almería), rompía con la imagen limpita que tenía en las series de su país. Sin Sergio Leone no hubiéramos tenido al Clint Eastwood que conocemos, y eso que los dos se comunicaron por señas en los rodajes. Leone fue un visionario, el italiano, como dice su documental (Movistar +) que inventó América. En el duelo del wéstern, él fue el que disparó primero.
