Paloma Valencia ganó la foto, pero la película sigue abierta
Por María Alejandra Victorino Jiménez, columnista invitada
La foto de una noche electoral casi siempre exagera a sus ganadores. El análisis del instante es vagamente comparativo y poco nos cuenta de la película. Los datos no hablan del futuro, porque están construidos sobre el pasado y la realidad siempre puede cambiar de manera inesperada. Pero sí ayudan a poner en contexto el presente y a devolverle su tamaño real a las cosas.
La elección legislativa de 2026 dejó imágenes potentes, consultas presidenciales que se robaron la noche, una victoria contundente de Paloma Valencia y un Pacto Histórico que vuelve a mostrar músculo. Pero cuando se baja la temperatura del preconteo y se revisan los datos con perspectiva, el panorama cambia.
La primera lectura es sobre las consultas presidenciales, protagonistas de la noche. Entre la Gran Consulta, la Consulta de las Soluciones y el Frente por la Vida capturaron un poco más de 7 millones de votos. De los casi 21 millones de personas que salieron a votar, solo 1 de cada 3 votantes, el 33 %, apostó por una de las 16 caras que competían en esas consultas. En las dos últimas consultas presidenciales había votado el 54,2 % del total de sufragantes en 2018 y el 67,8 % en 2022. En otras palabras, las consultas de 2026 hicieron mucho ruido, pero no movilizaron tanto. Más que una demostración de fuerza masiva, dejaron una demostración de límites. La campaña de no votar la consulta, promovida tanto por Cepeda como por De la Espriella, sí encontró eco.
Paloma Valencia ganó de forma contundente las consultas, no solo la propia. La Gran Consulta por Colombia logró 5,8 millones de votos, de los cuales Paloma se llevó 3,2 millones, es decir, el 55 %. Su partido, el Centro Democrático acumuló 3,035 millones de votos al Congreso, logró incrementar en un 61 % los votos de sus listas frente a la última elección legislativa, cuando no pasó de los dos millones. A vuelo de pájaro pareciera que el CD votó disciplinado por Valencia y transfirió intacto su caudal político. La realidad es que poco menos del 50% de quienes votaron al partido del expresidente Uribe entregaron su voto a Paloma. La candidata logró atraer votos de partidos tradicionales, lo que era de esperarse. La sorpresa es que una buena parte de la militancia desobedeció a su líder, consecuencia de la ruptura que el partido enfrenta desde hace varios meses.
El contraste también hay que hacerlo con su contendor político principal, el Pacto Histórico, uno de los grandes ganadores de la noche. En el preconteo logró un poco más de 4 millones votos por sus listas, crece un 28% en votos respecto a las últimas elecciones de Congreso. Pero son casi la misma cantidad de votos que sacó Petro en la consulta de 2022: 4.487.551.
La matemática de entrada dice algo incómodo para ambos lados. El Pacto Histórico sigue siendo una de las mayores fuerzas electorales del país, pero crece más lento que su principal oposición. No puede cantar victoria. Y el Centro Democrático muestra recuperación, pero todavía no prueba una expansión arrolladora. Paloma Valencia y el CD están recogiendo una parte importante del electorado opositor, sí, pero los resultados cuentan más una recuperación de músculo y de la atracción del voto tradicional que una conquista masiva de nuevos sectores. Por eso una cosa es decir que Paloma ganó de forma contundente su consulta y otra, bastante más ambiciosa, sostener que hubo una demostración arrolladora frente al país entero. Ese salto narrativo no resiste bien la comparación.
La carrera ya arrancó de verdad.
Las elecciones legislativas le dejaron al país una nueva foto: una imagen más clara de cómo se está organizando el poder de cara a las presidenciales. Lo que ya sabemos es que hay dos grandes bloques políticos, liderados por el Pacto Histórico en la izquierda y el Centro Democrático en la derecha. El centro se encogió. Y al encogerse, abrió espacio para una derecha más radical en el tablero, hoy encabezada por Salvación Nacional. Los partidos tradicionales —Liberal, Conservador, Cambio Radical y La U— siguen siendo fuertes en sus territorios, aunque con menos capacidad de ordenar por sí solos la conversación nacional.
Hoy hay tres nombres que marcan el ritmo de la carrera: Iván Cepeda, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Fajardo y Claudia, para lograr ser visibles, tendrán que hacer algo más difícil que aparecer en la foto y demostrar que todavía representan una opción con peso propio.
En términos más simples, la disputa ya tiene carriles marcados pero no está resuelta. Si el electorado se pensara como veinte partes (20 millones que salieron a votar), cuatro estarían hoy del lado del Pacto, tres del Centro Democrático y una de Salvación Nacional. El resto sigue disperso o en disputa. Y es ahí donde de verdad empieza la presidencial, no en los votos que ya tienen dueño, sino en los que todavía no responden a una jefatura clara.
Aunque en las elecciones la matemática importa, en este punto de la carrera los símbolos empiezan a pesar tanto como los números. Paloma está jugando a atraer a un sector de centro que se identifique con una agenda de oposición, sin mostrar todavía mucha disposición a moderar su visión de país. Ese movimiento hacia el centro puede abrirle puertas, pero también puede correrla por detrás. Si intenta seducir al centro sin convencerlo, podría empujar a parte de su electorado natural todavía más a la derecha. La pregunta no es solo si Paloma puede moverse al centro, más allá de nombrar a Oviedo, que le habla a ese sector. La pregunta es si el votante de centro está dispuesto a moverse con ella.
Por su parte, Abelardo juega a atraer los votos de una derecha que no quiere matices. Le habla al militante del Centro Democrático que cree que Valencia se debilita cuando intenta moderarse. Al nombrar a José Manuel Restrepo como fórmula busca enviar un mensaje de tranquilidad a quienes lo ven demasiado ideológico y poco técnico. No parece una jugada para sumar multitudes. Parece, más bien, una maniobra para darle piso a su candidatura y recoger a los que dudan.
Cepeda, en cambio, está apostando por lo que Petro ya probó que funciona. Mantiene intactos el mensaje y los símbolos. Confía en que un Pacto sólido y unido puede imponerse frente a una derecha que todavía compite entre sí por el mismo electorado. En el plano simbólico, nombrar a una lideresa indígena como Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial mantiene coherente la narrativa ellos vs nosotros. Ellos son los ricos, los blancos, los patrones; nosotros somos el pueblo, la gente… la mayoría. Es una imagen conocida, pero sigue siendo poderosa. Y en política, las imágenes que logran quedarse en la memoria suelen pesar más que muchas hojas de programa.
Hay una intuición que ya circula, la mejor campaña para Cepeda es el antipetrismo. Oviedo entendió algo de eso muy bien. Es, tal vez, el candidato que mejor logró recoger el voto de una apuesta genuinamente centrada en el tablero y seducir a sectores que no quieren ni la continuidad cerrada del petrismo ni el endurecimiento de la derecha. La gran incógnita es si será capaz de llevar ese voto a las filas del uribismo.
Las apuestas siguen subiendo y cada decisión pesa más. Lo cierto, es que el momento político del país está haciendo que más gente salga a votar, y esa tendencia puede ser decisiva para la primera vuelta. Todavía no conocemos la posición ni la intención de voto de un poco menos de la mitad del censo electoral. Y ahí está, en realidad, la parte de la película que falta. No en quienes ya eligieron bando, sino en quienes todavía pueden definir la carrera presidencial.
*Es Coordinadora de incidencia política de Extituto y profesora de cátedra
