El precio de decir que sí
Hace unos meses, repasando con mi equipo la lista de iniciativas en marcha en la compañía, me ocurrió algo incómodo. Cuando llegamos al final, no era capaz de explicar con claridad cuál era la prioridad. Todo era importante. Y cuando todo es importante, nada lo es. Salí de aquella reunión con la sensación de haberme estado mintiendo a mí mismo durante meses, vestido de prudente decisor. Cada uno de aquellos síes, en su día, había sonado a oportunidad. Sumados, se habían convertido en ruido.
Llevo dándole vueltas desde entonces a una idea sencilla. Decir que sí parece, casi siempre, una decisión generosa. Decir que no, en cambio, suena a obstáculo, a falta de ambición, incluso a mala educación. Y, sin embargo, el precio real de un proyecto, de un acuerdo, de un compromiso personal, no se paga el día que se firma. Se paga en lo que dejas de cerrar mientras aquello sigue abierto.
Lo que salta, despacio, es la calidad de lo que entregas y la moral de quien lo entrega. Y los clientes que de verdad importan empiezan a sentir, sin........
