La guerra de Irán ya tiene un ganador claro
Donald Trump no desaprovecha una oportunidad para atribuirse la victoria en Irán aunque siguen rugiendo los misiles en Oriente Medio. El presidente estadounidense insiste en que los resultados de la operación «Furia Épica» hablan por sí solos: las reservas de misiles y los sistemas de lanzamiento iraníes están mermados; la fuerza aérea ha sido destruida, la armada hundida y los centros de mando eliminados. La muerte de Ali Larijani ha sido, sin duda, un durísimo golpe para el régimen teocrático, otro más desde el asesinato de su ex líder supremo, Ali Jamenei, el pasado 28 de febrero. Externamente, el régimen teocrático ha quedado al descubierto, incapaz de defenderse ante la superioridad israelo-estadounidense. Internamente, ha sido descabezado, el nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, no ha aparecido todavía en público, pero, pese a todo, el régimen sigue en pie y con capacidad de contraatacar como ha demostrado estos días en las refinerías del Golfo. Ante la dificultad de derrocar al régimen, Trump ha ido cambiando los objetivos para poder proclamar la victoria final cuando él «lo sienta». El presidente estadounidense nos enseñó en 2020 que no tiene reparos en declararse ganador aunque haya perdido estrepitosamente. Trump se resiste a finalizar la guerra, pero los frenos internos son cada vez más elocuentes. La dimisión del jefe del Centro Nacional Antiterrorista de EE UU, Joe Kent, ha mostrado la fractura del MAGA. La guerra es cada vez más impopular, menos de un 30% de los americanos la aprueba, causando una enorme preocupación por el aumento de los precios de la energía. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, ha alertado de un repunte de la inflación, más agudo a medida que el conflicto se prolongue, y la incertidumbre lastra la creación de empleo, una promesa electoral del magnate en 2024. Todo esto perjudica las opciones de los republicanos en las elecciones de mitad de mandato previstas para noviembre.
Este escenario sombrío para Trump supone, sin embargo, un regalo inesperado para Putin por varios motivos. Primero, el aumento de los precios y la mayor demanda de petróleo ruso le están generando al Kremlin abultados ingresos. «Financial Times» ha calculado que Moscú obtiene hasta 150 millones de dólares diarios en beneficios adicionales gracias a los impuestos sobre las ventas de petróleo, y podría alcanzar entre 3.300 y 4.900 millones de dólares a finales de marzo. Segundo, esta subida también ha llevado a Estados Unidos a flexibilizar temporalmente algunas sanciones petroleras, permitiendo a otros países comprar crudo bloqueado. Esta decisión no solo proporciona más fondos a Moscú, sino que socava el frente común europeo contra la maquinaria de financiación del expansionismo ruso. El primer ministro belga, Bart De Wever, ya se ha aliado con Viktor Orbán para pedir una normalización de relaciones con Rusia a cambio de petróleo barato. Pero, probablemente, lo que ha causado más regocijo dentro del Kremlin han sido las críticas de Trump a la OTAN. Putin justificó su invasión de Ucrania por la amenaza que representa para Rusia la Alianza Atlántica. Los insultos de Trump a los aliados OTAN son música celestial para el ex espía ruso. Putin resurge desde las sombras como un ganador claro de la guerra iraní.
