Sánchez, en el lado equivocado de la Historia
El sanchismo tiene un cuerpo ideológico que está basado en la ingeniería social y el adoctrinamiento característico de los regímenes comunistas y populistas de izquierdas. No es nada nuevo. Está sustentado en una serie de leyes, como las nefastas de la memoria, el clientelismo y el sistema de pagas para contar con una masa de población formada por estómagos agradecidos. Es cierto que no cuenta con una mayoría parlamentaria sólida, pero utiliza todo tipo de subterfugios para cumplir el objetivo prioritario de agotar la legislatura. Por supuesto, la esperanza es lo último que se pierde y confía en que el PP y Vox no se pongan de acuerdo en la formación de los gobiernos autonómicos, pero, también, que si lo hacen sean muy inestables. En esa estrategia todo vale y el «no a la guerra» persigue repetir la remontada de Zapatero tras el 11-M. La izquierda política y mediática se movilizó utilizando mentiras y manipulando la verdad, algo a lo que, desgraciadamente, está acostumbrada. El resultado fue óptimo para sus intereses, pero un desastre para España porque creó una profunda división en la sociedad e inauguró el sistema de frentes populares, como sucedió durante la Segunda República y en buena parte de Europa en el periodo de entreguerras.
Es difícil que este eslogan funcione, porque el cansancio hacia el sanchismo es enorme y no creo que sea suficiente para movilizar a la izquierda. Los escándalos de corrupción y acoso sexual, así como la polémica alrededor de los prostíbulos, las saunas gays y las prostitutas han provocado un enorme deterioro. Sánchez no puede levantar las banderas del feminismo y la lucha contra la corrupción. El nivel alcanzado supera, sin lugar a duda, al felipismo. Es cierto que la armada mediática del movimiento intenta, como siempre, poner en marcha el ventilador y minimizar lo sucedido. La realidad es tan sórdida que este esfuerzo se ha convertido en un ejercicio infructuoso. A pesar de ello, hay que reconocer su fidelidad, aunque esté financiada con el dinero público, de aquellos que defienden en los periódicos, las radios y las televisiones el hediondo lodazal del sanchismo. Es algo que nunca ha sucedido cuando los escándalos han afectado al PP y eso que estuvieron muy alejados de lo que hemos vivido y estamos viviendo durante esta presidencia.
No sé cómo concluirá la guerra contra el régimen criminal que gobierna Irán, pero confío en que deje de ser un riesgo para sus vecinos y, especialmente, para Israel. Los ayatolás no tienen ninguna simpatía entre los regímenes musulmanes de la zona. Es un dato objetivo que olvidan los que aceptan la manipulación de la propaganda monclovita. Por supuesto, la idea del «no a la guerra» resulta siempre tan atractiva como simplona. Es evidente que a Trump le hubiera resultado más cómodo abandonar Europa y Oriente Medio a su suerte, para centrarse en el famoso lema de «America First». No es un planteamiento sobre política exterior exclusivo del actual presidente, sino que ha sido recurrente en la Historia de Estados Unidos. Lo han utilizado tanto los demócratas como los republicanos. El propio Woodrow Wilson lo utilizó para defender la neutralidad en la Primera Guerra Mundial hasta que no tuvo otra solución que enviar las Fuerzas Expedicionarias Estadounidenses en 1917 al mando del general Pershing. En total se enviaron a Europa más de 2 millones de soldados, aunque la movilización fue de 4,7 millones, que fueron decisivos para ganar la guerra y de los que cerca de 1,4 millones combatieron en el frente.
Roosvelt tuvo que hacer frente a las presiones aislacionistas cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Entre 1939 y 1941 surgió un poderoso movimiento que rechazaba cualquier implicación con una opinión pública que estaba todavía traumatizada por el anterior conflicto. Por su parte, el Congreso había aprobado varias leyes de neutralidad para impedir nuevas intervenciones. El presidente estadounidense optó por no desafiar ese clima político con una estrategia gradual, jurídica y comunicativa, preparando al país para una implicación cada vez mayor. Y utilizó el derecho constitucional y los poderes presidenciales para sortear a un Congreso marcadamente aislacionista. En este sentido, consiguió convertir a Estados Unidos en el arsenal de la democracia siendo en el principal proveedor militar de los aliados; colaboró estrechamente con el Reino Unido y su marina escoltó a los convoyes aliados en el Atlántico. Finalmente, el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 eliminó la poderosa resistencia aislacionista.
En contra de lo que dicen Sánchez y sus palmeros, la realidad es que Trump ha hecho un ejercicio de responsabilidad alejándose de ese aislacionismo, asumiendo los enormes costes electorales que le puede comportar, interviniendo en unos conflictos bélicos o deteniendo a un dictador sanguinario como Maduro, para intentar que el mundo sea mejor. Es fácil criticarle y ridiculizarle, pero la situación en Venezuela, Gaza y, espero, Irán es mejor que antes de su participación. Por supuesto, no convencerá a la casposa izquierda pijo progre y a los comunistas, pero todo irá mejor si la brutal teocracia iraní queda debilitada o se consigue que sea sustituida por una democracia. El acabar con el dominio de Hizbolá en amplias zonas del Líbano es fundamental para la seguridad de la democracia israelí.
Sánchez seguirá alimentando el rechazo a Trump y a Israel, pero la sociedad española no olvidará la ineficacia de su Gobierno socialista comunista, los escándalos de corrupción y la sordidez de la vida sexual de algunos de sus colaboradores más queridos. España necesita un Gobierno que no nos mienta y aísle internacionalmente situándonos en el lado equivocado de la Historia. Es repugnante que un grupo terrorista felicite las decisiones del presidente del Gobierno. Y necesitamos que se respete el Estado de Derecho, la separación de poderes y la dignidad de nuestro país frente a sus socios y aliados que quieren destruirlo.
Francisco Marhuenda. De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE)
