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La fiebre del odio

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13.03.2026

El Gobierno se ha propuesto medir el odio que circula por las redes sociales. Está bien, pero es una ardua tarea. ¿Cómo se mide el odio, ese monstruo de cien cabezas que se mueve en las alcantarillas del anonimato? Está tan arraigado entre nosotros y es tan peligroso porque va en alianza con la envidia, que es el vicio nacional. Se trata de una de nuestras características, que está más arraigada que los toros. «Nos miramos todos con el odio característico -escribió Pío Baroja en 1903- con que nos miramos los españoles». Decía José Jiménez Lozano, el gran escritor castellano que escribió en este periódico hasta su muerte, que los españoles tenemos «la afición de pintar retratos al odio». Esta afición se exhibe cada día en el Parlamento. En vez de dedicarse los políticos a arreglar el país, uniendo fuerzas, andan a garrotazos goyescos, en contraste con «El abrazo» de Genovés, que se exhibe en lugar preferente. Ahí, en expresión antigua de Gonzalo de Berceo -esto viene de muy lejos-, «hicieron su cabildo la ira con el odio».

Mientras se levanten muros desde el poder para dividir a los españoles en bandos irreconciliables, será inútil esforzarse en contabilizar el odio que circula por las redes y tarea imposible erradicarlo. Sobre todo si el ánimo controlador se hace, aunque no se diga, por «antipatía o aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea», que es la definición de odio de la RAE. O sea, cuando, en palabras de Ortega y Gasset, se tiene y se manifiesta irritación por la propia existencia del otro. El camino más corto para extender el odio por las redes sociales y por la calle es el de convertir al adversario en enemigo y al diferente en odioso. Y, sobre todo, alentar los extremismos para dificultar la convivencia y la alternancia política. Mientras rija la política «anti», seguirá creciendo el odio.

La fiebre del odio, siempre presente en nuestra Historia, ha subido, en efecto, los últimos años en España. No sólo en las redes sociales. No hacen falta sofisticados medidores oficiales para comprobarlo. Sería más interesante analizar las causas de esta subida y conocer por qué resuenan tambores lejanos del Frente Popular y sube como la espuma la ultraderecha irreconciliable. Dan ganas de reproducir el discurso de Azaña el 18 de agosto de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona: «Si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda (...) con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección». Aún quedan huesos en las cunetas.


© La Razón