Educación, cruz y suplicio de Caldas
Existe en Caldas una vocación heredada de Francisco José, el prócer que nos dio nombre. El Sabio, le decían. “Esta sed de saber, este furor de ser útil me devora”, decía el criollo. Con eso, inauguraba este arraigo entre nuestra identidad y el valor de educarse. Aunque también se quejaba: “Esta pasión de saber sin los medios de conseguirlo, es mi cruz y mi suplicio”. Una pista de que acceder al conocimiento siempre está al filo del obstáculo.Desde entonces, una preferencia por la educación ha marcado la historia de Caldas y Manizales. La educación nos define, es marca, es emblema, y copa muchos de nuestros discursos. Digamos que esa sed nos devora y en esa tarea algo hemos alcanzado. Pero también convengamos en que a veces se nos vuelve la cruz y suplicio, porque nos faltan algunos medios. La reciente medición de pobreza multidimensional del 2025 nos da una pista por estos días sobre el estado de nuestra educación.La incidencia de pobreza multidimensional se ubicó para Caldas en 7,9%. Mejor que lo que se venía viendo del 2022 (10,5%) hacia atrás. De esta forma, ocupa el puesto 9 de 33 territorios. Sin embargo, todavía estamos por debajo de departamentos competidores, como Quindío (6,7%) y Risaralda (4,9%). Este indicador está construido desde muchas variables socioeconómicas, pero entre ellas destaca una que nos está empujando hacia abajo, y tiene que ver con educación: el bajo logro educativo.Caldas ha mostrado una mejora sostenida en bajo logro educativo, pasando de 50,5% en el 2018 a 41,6% en el 2025. El departamento ocupa el puesto 14 de 33, pero sigue rezagado frente a sus vecinos del Eje Cafetero: Risaralda (37,6%) y Quindío (40,4%). Esta mirada se agrava, si vemos que este porcentaje alcanza más del 70% en la ruralidad (centros poblados y rural disperso), el puesto 27 entre 32. La calidad educativa sigue siendo la tarea pendiente más urgente de Caldas, y los avances graduales no son suficientes cuando el territorio tiene la capacidad demostrada de hacerlo mejor.Es una injusticia, si lo decimos claro y sencillo. Pudiendo hacer las cosas mejor, en Caldas estamos permitiendo que los estudiantes avancen con deficiencias que con el paso del tiempo les va a ser más difícil recomponer.La tarea pendiente es clara, pues el departamento no puede conformarse con una mejora gradual cuando la magnitud del rezago sigue siendo alta, y cuando territorios comparables demuestran que es posible avanzar con mayor velocidad. Reducir el bajo logro educativo, al menos por debajo del 30% en el corto plazo, debería ser una prioridad de política pública. Como este indicador lo muestra, estamos hablando de uno de los motores de la reducción estructural de la pobreza.Cuando conoció a Alexander von Humboldt, en 1802, Francisco José de Caldas le escribió desde Quito a su amigo Antonio Arboleda: “Nunca había imaginado que (...) pudiera haber llegado a merecer no sólo la aprobación sino el elogio de este viajero ilustre”; “tanta es la confianza que le han merecido mis trabajos”. Dos siglos después, la historiadora Andrea Wulf, en su biografía de Humboldt, La invención de la naturaleza, escribiría que Caldas al final “se había visto cortésmente rechazado cuando pidió que le admitieran en la expedición”. Aunque es posible que existiera el reconocimiento de su trabajo, parecía más grande su exceso de estima.En esa vocación heredada entre Caldas y su prócer, es posible que nos defina esta tentación de sobreestimar nuestra relación con el saber y la educación. Corremos el riesgo de que nuestros emblemas le queden demasiado grandes a la realidad.***Entre bambalinas: Ahora que hablamos sobre Confa, es momento de destacar su programa de predictores de aprendizaje, sin el cual no podríamos medir si nuestros menores de 5 años están aprendiendo como deben aprender. Es una muestra de que los recursos de los trabajadores se pueden usar en lo prioritario.
