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Evanescencia del niño aquel que mira embobado insectos en la acequia

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18.09.2026

Miguel Sánchez Robles / Miguel A. Valero

«Perdemos la facultad de poder subirnos a los árboles, cuánto me gustaba de joven

subirme a los albaricoqueros y qué

desilusión me llevé el día que me di cuenta de que ya no podía hacerlo con solvencia»

Me gusta esa palabra: Evanescencia, porque hay en ella una dulzura terrible. He titulado algún poema y algún relato así. La evanescencia es siempre un proceso elegante y misterioso, es la manera sutil y delicada que tiene la vida misma de ir quitándole algo al Universo y a los seres vivos. Las cosas más hermosas e importantes que nos da la vida no se rompen, ni se mueren de un día para otro, se pierden muy despacio, como si se cerrara una puerta detrás de ellas y detrás de nosotros. Y todas se van borrando sin ruido como el vaho de un cristal cuando alguien abre la ventana para que entre el fresco.

Siempre perdemos cosas

La mayoría de esas pérdidas ocurren sin ceremonia, nada ni nadie nos avisa de que estamos viviendo la penúltima vez de algo que fue nuestro o la vida nos dio. Por ejemplo, la última noche en que todos los hermanos dormiremos en una misma habitación, bajo un mismo techo o el último verano en que correremos hacia el agua sin pensar en el frío o la última vez que un hijo pequeño nos pedirá que dejemos encendida la luz del dormitorio porque tiene miedo.

Nada de todo eso tiembla o avisa mientras sucede o se marcha. Ninguna campana nos dará la noticia de su despedida, porque la vida deja que esos momentos parezcan uno más. Después pasan los años y comprendemos que allí terminó un mundo. Es tan extraño vivir rodeados de finales que desconocemos. Besar a alguien sin la certeza de que ese será el último........

© La Opinión de Murcia