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La escuela cínica

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‘Alejandro y Diógenes’, 1818, de Nicolas Andre Monsiau. / L.O.

Diógenes representa la escuela cínica mejor incluso que su fundador Antístenes. La etimología la emparenta con los perros, pero propugnaban la virtud ética mediante la acerada y mordaz dialéctica que denunciaba los convencionalismos sociales artificiosos e hipócritas. La historia de la Filosofía nos dejó jugosas anécdotas. En cierta ocasión en que estuvo cautivo, uno de sus captores le preguntó qué sabía hacer. Sé gobernar a los hombres, le dijo, véndeme a quien necesite un amo.

De su desprecio de la moral convencional frecuentemente sazonado con tintes satíricos y burlescos, es fácil deducir que fueran tachados como desvergonzados, falsos y procaces, por la misma sociedad a la que criticaban. De ahí el actual significado de quien actúa con falsedad, desvergüenza y descaro.

Al cabo de casi cincuenta años de democracia, cabría preguntarse si acaso aquella "libertad sin ira" cantada por Jarcha y convertida en lema de la Transición fue sólo una convención social poco verosímil. Los primeros parlamentarios de la democracia ensayaban buenos modales aun cuando criticaran duramente a sus oponentes. Cuando Alfonso Guerra llamó a Adolfo Suárez "tahúr del Misisipi", no se sabía muy bien si insultaba o elogiaba a quien gobernó la Transición con hábil mano izquierda. El epíteto era más ingenioso que llamar trilero a Pedro Sánchez, lo que prueba un notable empeoramiento en........

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