José Ballesta, un hombre enamorado de una ciudad
José Ballesta, de paseo por la calle Trapería / JUANCHI LOPEZ
A las 8.30 de la mañana, el jefe llegaba puntual a su puesto de trabajo. Antes había dejado a su hija pequeña, Lucía, en el colegio. Venía siempre caminando y, de paso, tomándole el pulso a la ciudad. Cuando atravesaba la puerta del despacho, todos nos cuadrábamos. Llegaba ‘El Rector’, un humanista recién metido a político cuya presencia intelectual y física imponía.
Pasar la mañana cerca de él era un auténtico ‘tour de force’: todos corríamos, nos estresábamos, sentíamos que no llegábamos y nos cabreábamos. A las 13.30 suplicábamos por un final limpio e indoloro y, a las 15.00, descubríamos que éramos capaces de hacer cosas grandiosas. Luego llegaba la tarde, surgían nuevas crisis y frustraciones. Entonces conversábamos, nos reíamos y, al día siguiente, volvíamos a precipitarnos hacia el infierno de nueve círculos concéntricos que es la política.
El jefe siempre estaba ahí. Bajo su atenta mirada se iba revelando quiénes éramos: personas........
