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Ser humano

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Interior de la basílica de Santa Sofía (Hagia Sophia), en Estambul, Turquía. / L.O.

Siendo adolescente, en la Escuela de Arte de Murcia, sentí uno de mis primeros, y más profundos, deslumbramientos ante el descubrimiento de la belleza arquitectónica de Santa Sofía de Constantinopla. Aquella revelación —a través de las entonces habituales diapositivas utilizadas en las aulas— me hizo soñar, largo tiempo, con aquel prodigio de cúpulas en cascada y luz derramada que Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto proyectaron, en un lejano siglo VI, por mandato del emperador Justiniano. Ese templo, que podría figurar entre el grupo de los más escogidos edificios alzados por el hombre ante lo divino, me llevó a leer mucho, con pasión, en aquellos tiempos, sobre su historia y construcción; también sobre su posterior conversión en mezquita en el siglo XV. Sería en mis años de estudiante universitario de Bellas Artes en Atenas cuando, por fin, tuve la posibilidad de desplazarme hasta Estambul con la principal intención de acariciar con la mirada el monumental e icónico edificio. Recuerdo aquella experiencia como una de mis más felices vivencias en aquellos años de vértigo, donde el tiempo —todavía incólume— no se enredaba entre los deseos.

En el imperio........

© La Opinión de Murcia