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La mala leche universal

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11.09.2026

Hermann Hesse. / l.o.

Voltaire, que no tenía un pelo de tonto ni tampoco la necesidad de esconderlo bajo la peluca, nos recuerda que «tenemos que ser sensatos ante nuestras locuras». Una de ellas, bastante extendida y que goza de gran predicamento, consiste en alegrarse de las desgracias ajenas, especialmente, cuando brotan de la comparación feroz con nuestro estado (por, ejemplo, de salud y de cualquier mal que afecte a nuestros semejantes). Se nos abre la boca con la apelación vehemente y virtuosa a la compasión y la solidaridad, mientras sentimos en nuestras carnes la exaltación gozosa que provoca la excitación egocéntrica. En esto y en otras cosas parece que somos un poco falsos e incoherentes en relación con la sensatez que agita Voltaire en su proclama. Valga como ejemplo la de un bípedo rústico que hizo gala de sus dotes como agorero y pájaro de mal agüero, apellidado Garbía, en los tiempos que mi querido suegro tuvo a bien hacer lo contrario. La mala leche de este personaje le hacía coger el autobús de línea desde su pueblo y plantarse en Madrid para hacer rondas de reconocimiento del estado de salud de sus convecinos hospitalizados, esperando encontrar en ellos males mayores con los que regodearse. El cuadro miserable lo completaba un tal Remigio, que decía tener contacto telefónico con San Pedro y que era capaz de dictaminar con precisión el tiempo de las estancias en el purgatorio y la cercanía o lejanía de la salvación de los difuntos recientes. Hecho que ponía a disposición de los familiares y allegados, quisieran o no. Por si fuera poco, decía que el fin del mundo estaba cerca y que solo un puñado de privilegiados podría salvarse del desastre gracias a la ingesta de maíz transgénico procedente de los Estados Unidos. Aunque la cosa parece bastante delirante, es probable que ustedes también hayan tenido experiencias tan jugosas como las mías. Platónicamente........

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