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¿Todo se transforma?

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El cantante Jorge Drexler. / e.p.

Se lo preguntaba el oscarizado bardo uruguayo Jorge Drexler en una magnífica sesión musical, arropado por su grupo ensimismado y su sensual musa de boca roja, Leonor Watling, que tuve el gusto de ver en la tele a principios de siglo. Un himno al optimismo, aparentemente ingenuo, inspirado en Lavoisier, el campeón de la química ilustrada, y en una madeja leibniziana enredada en la metafísica occidental de siempre. Fue grabado en 2003 y extrañamente me devuelve a los seis años, gracias al famoso ‘principio de conservación de la energía mecánica’ que me fascinó ya a tan temprana edad (ya saben que siempre he sido muy raro y que me gusta a rabiar el ‘canto gregoriano’). ¿Somos polvo de estrellas? ¿Toda vida es sagrada? ¿Vale lo que un sol? ¿Todo se transforma? Ideas como estas sacudieron mi vetusto intelecto y mi vocación musical casi pitagórica. Siempre me han dado un calor cercano al de la amistad y me llevan, una y otra vez, al debate sobre «el azar y la necesidad».

¿Cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da? (Nada es más simple, canta Drexler, antes de «cruzar al otro lado del río» con el Ché Guevara). Y continúa su alegato en el estribillo: «Nada es más simple, no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma». ¡Qué horror! ¿Nada se pierde? ¿Queremos que todo se transforme, en el caso de que pudiéramos suplantar a Dios? Ahora me cuesta trabajo pensarlo, agitando las cadenas del tiempo, después de un atinado buche de Sueroral para ingerir el protector gástrico. ¿Y a mi, qué me importa, dirá más de uno? Y tiene toda la razón del mundo.

Caminando por el platónico ‘Mundo de las Ideas’ en pos de un ligero legado antropológico me encuentro de sopetón con el secreto de la verdad literaria que cautivaba a Umberto Eco, entre otros. Las afirmaciones literarias, como «Don Quijote estaba enamorado de Dulcinea del Toboso» son absolutamente verdaderas y cualquier........

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