En la muerte de Ignacio Castillo
Ignacio A. Castillo, en los prolegómenos del pregón de la Semana Santa de 2026 en el patio de butacas del Cervantes. / Álex Zea
La vida tiene casi siempre para ti otros planes. Entre los míos de hoy no estaba ni mucho menos escribir este texto, que lleva como rúbrica el dolor de sus compañeros de periódico; lo admirábamos y queríamos. Nunca habría querido escribir esto. Es media mañana en la redacción de La Opinión de Málaga, llena de energía, de gente afanosa que teclea o habla por teléfono; algunos cafés en las mesas, corrillos que planean una cena, olor a mañana de verano y esplendor malagueño. Y llega el mazazo, el shock, la noticia maldita y horrible que nos cae a traición como bocado de serpiente: ha muerto Ignacio Castillo. La incredulidad da paso a la rabia. El abatimiento es total. Hay lágrimas y abrazos y maldiciones para esta puta vida. Ignacio. Ignacio Castillo, nuestro Ignacio, un periodista fuera de serie, una persona llena de valores, "papá genial" como él mismo se definía. Un hombre de fe, cultivado, atento, dandy, generoso, dueño de esa ironía que delata al inteligente. Estaba en lo mejor: pleno de amor a su querida Lourdes, embelesado y entregado a su hija, Paz, colmado de felicidad por su éxito como pregonero........
