menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El último de la banca

16 0
16.06.2026

En el instante que la pelota pegó en el travesaño y picó en el césped, fue como uno de esos trucos de magia en los que la velocidad engaña al ojo humano. Sin la repetición del videoarbitraje actual, nadie en el estadio Jalisco, aquel 1° de junio de 1986, fue capaz de registrar con certeza si el balón había cruzado la línea de gol. Lo que todos vieron esa tarde de verano fue cómo Míchel, centrocampista del Real Madrid, controlaba con el pecho y remataba con una volea directo a la portería. Luego vino la polémica y tras ella la sospecha de una injusticia perpetrada por un árbitro australiano.

Después, el Doctor Sócrates, el inolvidable jugador desgarbado y de pie pequeño del Corinthians, anotó el gol de la victoria con el que Brasil venció 1-0 a España en el Mundial de México 86. Fue un duro golpe para las esperanzas con las que empezaba La Roja en su andar en ese torneo. Hubo reclamos oficiales, pero sin éxito. Por eso fue todavía más asombroso que después del partido, Sócrates, el responsable de esa gloria de la Canarinha, no se guardara sus palabras que desafiaban el triunfalismo de su selección, porque, de lo contrario, atentaba contra sus principios personales más inquebrantables. En juego estaba su devoción por la justicia.

“Por razones políticas y comerciales evidentes, todo el mundo sabe que, por el interés general, es preciso que las selecciones de México y Brasil........

© La Jornada