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Estado de sitio

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26.01.2026

Con un respiro, Balam menciona la angustia que se ha vuelto vivir en Mineápolis; él es originario del pueblo maya del municipio de Yajalón, en Chiapas, pero desde hace más de dos años radica en aquella ciudad. Desde muy joven supo lo que es vivir contra toda adversidad; tuvo que abandonar su hogar en la comunidad para poder terminar sus estudios. La vida lo llevó a la ciudad fronteriza de Tijuana, donde vio de primera mano las dos caras de la migración: el dolor, el anhelo pero sobre todo la esperanza y la fe que miles tenían en lograr el sueño americano. Trabajó por más de cinco años apoyando a las personas que solicitaban asilo y a familias que buscaban reunificarse. Gracias a él, niñas y niños de la Montaña de Guerrero pudieron huir de la violencia, el reclutamiento o de matrimonios forzados y ahora se encuentran a salvo en Estados Unidos con sus familias. 

A pesar de su noble labor, la vida le tenía preparado otro giro, pues en el verano de 2024 Balam tuvo que migrar también al vecino país del norte y vivir de primera mano lo que por años sólo había escuchado en los relatos que acompañaba. 

Su estancia comenzó........

© La Jornada